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En defensa del Olivar de Chamartín

LA CIENCIA ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XIX Y XX (1)

LA CIENCIA ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XIX Y XX  (1)
El siglo XIX fue crucial en la historia de la ciencia, tal y como la conocemos en su concepción actual. En él se produjo la institucionalización de ésta en países como Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos. Esto quiere decir que la ciencia se configuró durante esa época en una actividad absolutamente profesionalizada. Los estados se dieron cuenta del enorme poder que almacenaba, en especial en áreas como la física o la química.
En este sentido, a lo largo del siglo XIX ésta llegó a adquirir una relevancia social y una inserción socioeconómica nunca antes alcanzado. Esta situación fue consecuencia de las investigaciones y los resultados obtenidos por científicos como Faraday, Carnot, Virchow, Helmholtz, Clausius, Kirchhoff, Bunsen, Liebig, Berzelius, Kekulé, Mendeleiev, Van´t Hoff, Pasteur, Maxwell, Kelvin, Hertz, Galois, Riemann, Mendel, Koch, Lyell o Darwin, entre otros. En España sólo tendremos un científico de la categoría de los anteriormente citados: Santiago Ramón y Cajal.
Sin ellos, la ciencia no hubiese adquirido el nivel que luego tuvo y que aún mantiene en la actualidad, aunque con matices. También es cierto que la mayoría de los países donde la ciencia floreció se beneficiaron de coyunturas económicas favorables: las posibilidades del nuevo Reich alemán en 1871 con Bismark a la cabeza, la capacidad industrial estadounidense y el comercio y, en definitiva, las posesiones de Francia y Gran Bretaña.
En España, por el contrario, el siglo XIX fue uno de los más inestables y convulsos de su historia. La situación fue tal, que muchos atribuyen el desenlace final de la guerra civil del 36 a los conflictos surgidos y gestados durante el XIX [...].
El final de la guerra de la independencia no significó que se retornara a la situación de la Ilustración, aunque en el primer periodo absolutista de Fernando VII se pensase en restaurar algunas de las instituciones de la época de Carlos IV. La sublevación de Riego, el trienio liberal, el regreso al poder de Fernando VII, las guerras carlistas y las continuas crisis de gobierno explican que hasta pasada la mitad del siglo, ya en el reinado de Isabel II, no comenzase a mejorar la situación, sino todo lo contrario. Mientras, países como Alemania, Francia, Estados Unidos o Gran Bretaña gozaban de una prosperidad envidiable y, a todas luces, habían arrebatado a España el papel de nación poderosa y hegemónica. Era una situación de la que, como se ha mencionado, no se supo aprovechar para el florecimiento de la ciencia española mientras duró. Si cuando las condiciones eran favorables, la ciencia no se desarrolló, era obvio que en condiciones adversas y con el tradicional "espíritu anticientífico" español, la situación no iba a mejorar [...].
Sin embargo, una luz de esperanza se abría en la España del XIX con la creación de la Institución Libre de Enseñanza (1875), una institución en la que el estudio y la divulgación de la ciencia tenía un papel primordial como demuestra el punto primero de sus bases generales en el que se señala que "su objetivo es fundar una Institución Libre consagrada al cultivo y propagación de la ciencia en sus diversos órdenes" [...].
Respecto al balance final de los logros de la ciencia española en el siglo XIX puede afirmarse que, mientras las ciencias naturales prosperaron, como consecuencia, entre otros motivos, de la tradición de las facultades de medicina y de los colegios de cirugía; la física, la química y las matemáticas sufrieron un importante retroceso no sólo respecto al siglo XVIII sino, sobre todo, con relación al progreso que de estas disciplinas se llevó a cabo en países como los europeos, incluyendo Rusia y Estados Unidos. Una de las posibles causas que expliquen esta circunstancia podría encontrarse en el hecho de la muy deficiente industrialización española de la época. Fue una pena, porque fue en el siglo XIX cuando se institucionalizó la ciencia y cuando el tren que la lleva a cuestas cogió un impulso tal, que ahora, obviamente, resulta imposible alcanzarlo [...].
Para la historia de la ciencia española, el siglo XX comenzó en 1907 con la creación de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, conocida como la JAE. La iniciativa partió del Ministerio de Instrucción Pública, que se constituyó en 1900. Es decir, que hasta esa fecha en España no hubo un ministerio dedicado a la educación.
La JAE se creó como una institución autónoma, aunque dependiente del Ministerio de Fomento, dedicada a la promoción de la investigación científica e inspirada en la ideología que caracterizaba la Institución Libre de Enseñanza.
De hecho, el investigador Vicente Cacho ha definido la JAE como "un fruto, un logro tardío, de la Institución Libre de Enseñanza". Señala que las evidencias a favor de las conexiones entre ambas instituciones son muy abundantes pues en la creación de la Junta se encuentran redes en las que no es difícil identificar nombres vinculados a la institución, entre ellos el del propio Francisco Giner de los Ríos.
El primer presidente de la JAE sería Santiago Ramón y Cajal, quien ostentaría ese cargo hasta su muerte en 1934. En esta institución investigaron los mejores cerebros españoles de la época, entre otros, Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, Miguel Catalán, Enrique Moles, Julio Rey Pastor, Nicolás Achúcarro, Pío del Río Ortega, Juan Negrín, Gonzalo Rodríguez Lafora, Antonio de Zulueta, Eduardo Hernández Pacheco, Julio Palacios, Arturo Duperier, Manuel Martínez Risco, Antonio Medinaveita y jóvenes como Francisco Grande Covián, Severo Ochoa o Luis Santaló, que terminaron tras la guerra civil por contribuir de forma destacada en el desarrollo de la bioquímica estadounidense [...].
Uno de los principales objetivos de la JAE era propiciar que los científicos españoles se trasladaran al extranjero para que aprendieran nuevas técnicas y para paliar el aislacionismo científico que tenía España y que provenía de la época de Felipe II. Para ellos se crearon las pensiones que corresponderían a lo que hoy denominamos becas y que serían tan famosas que algunos críticos se referían a la JAE como la "Junta de Pensiones".
A esta necesidad de que los científicos españoles salieran al exterior y que sus estudios pudieran ser sufragados por el estado se refiere de forma expresa el decreto fundacional de la JAE en el cual se señala:
"El pueblo que se aísla se estaciona y descompone. Por eso todos los países civilizados toman parte de este movimiento de relación científica internacional, incluyendo en el número de los que en ella han entrado, no sólo los pequeños estados europeos, sino hasta las naciones que parecen más apartada de la vida moderna, como China o la misma Turquía, cuya colonia de estudiantes en Alemania es cuatro veces mayor a la española, antepenúltima entre todas las europeas, ya que sólo son inferiores a ella en número Portugal y Montenegro".
Debe recordarse que en aquella época Alemania era el país cuya ciencia estaba más desarrollada y que, incluso, los Estados Unidos enviaba estudiantes al país germano que en el curso 1904-1905 llegó a contar con unos siete mil estudiantes extranjeros, de los que más de cuatro mil estaban matriculados de forma oficial en sus facultades universitarias.
Los legisladores liberales que crearon la JAE también incluyeron en su decreto de constitución:
"No olvida el ministro que suscribe que los pensionados necesitan a su regreso, un campo de trabajo y una atmósfera favorable... para esto es conveniente facilitarles, hasta donde sea posible, el ingreso al profesorado en los distintos niveles de enseñanza, previas garantías de competencia y vocación...".
En la memoria de la JAE correspondiente a los años 1914 y 1915 se lee:
"Se hace cada vez más importante la función de recoger a los pensionados que regresan del extranjero y ofrecerles medios de continuar en España sus trabajos. Y también la de evitar mediante modestos auxilios, que vayan precipitadamente a ganar su sustento, en ocupaciones extrañas a su vocación aquellos jóvenes, que por su cultura y sus dotes, pueden dar en otro lugar un mayor rendimiento al país".
Lo triste, a mi juicio, de leer el decreto de fundación de la JAE y su memoria correspondiente a unos años después, no es conocer que el nivel científico español estaba, a principios del siglo XX, por detrás del turco, sino sobre todo comprobar cómo casi 100 años después la ciencia española continúa teniendo los mismos problemas que entonces: la falta de becas y, en especial, de un sitio donde trabajar en el país una vez que sus investigadores se han formado fuera, como demuestra las numerosas manifestaciones de jóvenes científicos desarrolladas durante 1998.
Sin embargo, la política de las pensiones de la JAE dio el fruto esperado y gracias a ellas los científicos españoles pudieron codearse con sus colegas extranjeros y, sobre todo, alguno de ellos pudo volver a España y crear una escuela con discípulos más aventajados. Ante las interesantes perspectivas que se ofrecían, era obvio que la mala suerte llegó otra vez a la España científica, esta vez en forma de guerra civil, cuyas consecuencias fueron la deportación de la mayoría de esos científicos, acusándolos, cómo no, de anticlericales. Con todo, el principal problema que supuso la guerra civil fue la brusca interrupción de la dinámica de maestros y discípulos. Máxime en una disciplina como las ciencias experimentales en las que más que grandes hombres, se necesitan grandes equipos bien coordinados. No es como el arte o la literatura que pueden adquirir las máximas cotas apoyándose sólo en dos o tres genios [...]
 
Continúa en La ciencia española en los siglos XIX y XX (2) 
Carlos J. Elías, 2001.

Influencia de la historia de España (siglos XIX y XX) en el periodismo especializado en ciencia
Vía: Revista Latina de Comunicación Social , número 39, de marzo de 2001 , La Laguna (Tenerife):
 
 
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2 comentarios

Carles (webmaster) a Aristoteles -

Sentimos no tener en esta bitácora forraje intelectual para acémilas.
No vuelva.

Aristoteles -

No m gusto su pagina pues no m ayudo jaja...
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