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En defensa del Olivar de Chamartín

ROMANCE DE LA MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN


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Tristes nuevas, tristes nuevas
que se cuentan por España:
que ese príncipe don Juan
está malo en Salamanca,
que cayó de su caballo
a las puertas de su amada
por cortar un ramo verde
y ponerlo a su ventana.
Siete doctores lo cuidan
de los mejores de España;
miran unos para otros,
dicen que su mal no es nada.
Sólo falta por venir
aquel doctor De la Parra.
Estando en estas razones
cuando a la puerta llegaba
cabalgando en mula prieta,
collar de oro en la garganta.
Hincó la rodilla en tierra
y la lengua le mirara;
trae solimán en el dedo
y en la lengua se lo planta.
Luego que le toma el pulso
de esta manera le habla:
-Confiésese Vuestra Alteza,
mande ordenar bien su alma.
Tres horas tenéis de vida,
la una ya va pasada.
Estas palabras diciendo
el Rey su padre llegaba:
-¿cómo te va, hijo mío,
regalo de la mi alma?
-Bien me va, mi padre, bien,
porque Dios así lo manda;
no lo siento por mi muerte
que de morir nadie escapa.
Pésame de mi esposita,
es niña y queda preñada.
Ella si trae varón,
que sea príncipe de España
y si pariera una hija
que sea monja en Santa Clara;
si se quiere ir a su tierra,
enviármela acompañada,
que no digan sus parientes
que quedó desamparada;
de las arras que le di
por Dios no le quitéis nada,
si no es el anillo de oro
que le di de enamorada,
ése mando que lo den
a mi hermana doña Juana.
-¡Arredraos, caballeros,
que ahí viene la enamorada,
desmelenado el cabello,
el rostro bañado en agua!
-¿Dónde vienes, la mi luna,
¿dónde vienes, la mi alma?
-Vengo de San Salvador
de oir la misa del alba,
de pedir a Dios del cielo
te levante de esa cama.
-Sí me levantaré, sí,
el lunes por la mañana
en un ataud de pino
y una sábana de holanda;
me llevarán a la iglesia
mucha gente en mi compaña;
tú te quedarás llorando
muy triste y desconsolada.
-Amante del alma mía,
amante mío del alma,
tomarás esta perita
en vino blanco mojada
-Sí la comeré, mi esposa,
por ser de tu mano dada.
Juntaron rostro con rostro,
juntaron cara con cara.
Llora el uno, llora el otro,
la cama riegan en agua.
-¡Ay de mí, triste vïuda,
vïuda recién casada!
¡Con seiscientos caballeros
yo pasé la mar salada,
ahora la pasaré sola,
triste y desconsolada!
El suegro que a punto estaba
luego acudió a levantarla:
-“¡Arriba, arriba, mi nuera,
no quedas desamparada!
Tuvo fortuna la niña:
no quedó desamparada,
que él murió a la media noche,
la niña al riscar el alba.

Versión de Diego Catalán.
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