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En defensa del Olivar de Chamartín

MIGUEL CATALÁN SAÑUDO

MIGUEL CATALÁN SAÑUDO

       Era el 17 de julio de 1936 y Miguel Catalán conducía un Autoplano por la vertiente segoviana de la Sierra, camino del Alto del León. Llevaba hacia Madrid a. su suegro, que,  con objeto de prestar ayuda bibliográfica a su hijo Gonzalo,  iba a pasar el fin de semana en su casa de Chamartín; y también a la mujer y a una hija de Cándido Bolívar, entomólogo a la vez que colaborador político de! Presidente de ia República, que tenían cita con su dentista.

       Durante aquel curso académico 1935-36, Catalán había estado completando el estudio del espectro del hierro (Fe-I). al cual venía dedicando varios años de trabajo en colaboración con algunos de sus discípulos (especialmente con Julio Vicente). Tenía identificadas 2.350 líneas, como combinaciones entre 304 niveles de energía, había descubierto 51 términos espectrales y determi­nado su potencial de ionización. Una imprenta toledana de tipos móviles imprimía su trabajo. Al mismo tiempo, estaba en comu­nicación con varios observatorios norteamericanos que se intere­saban por los resultados de su estudio, pues, como es bien sabido, la casi totalidad de los conocimientos de la Astrofísica sobre los astros se debe al estudio del espectro de la luz que emiten, y una mitad de las 5.000 líneas espectrales de la luz del Sol correspon­den al espectro del hierro. Henry N. Russell, el famoso astrofísico de Princeton, y sus colaboradoras Charlotte E. Moore (futura Sitterly) y Dorothy W. Weeks habían ya recibido una lista de los niveles pares «bajos» y esperaban el resto de los datos, que Cata­lán les había prometido enviar «cuando terminase de copiarlos», para incluirlos en la «Tabla de Multipletes de Interés Astrofísico» que preparaban. La lista de Catalán, según recordarán años des­pués los destinatarios, «por vez primera permitía reconocer en un mismo espectro cuatro multiplicidades distintas» (esto es, singletes, tripletes, quíntetes y septetes)...

ANTES Y DESPUÉS DE LA GUERRA CIVIL

       Era el 17 de julio de 1936 y Miguel Catalán, al llegar al «Segundo puente»,  oyó en la radio que en «África» había habido una «militarada»,  y decidieron dar la vuelta y bajar a San Rafael a comentar la noticia. Sin embargo, poco después acordaron seguir su jornada. Miguel dejó a su suegro en Madrid; dejó y recogió, más tarde, a la mujer y a la hija de Cándido Bolívar y, de paso, se enteró de que la situación estaba «bajo control»..., hasta se llevó a una pareja amiga a pasar el fin de semana a la Sierra. Recruzó el Alto del León sin sospechar que estaba traspasando una frontera política en el espacio y en el tiempo.

       Poco después, Castilla la Vieja se inclinaba del lado «nacio­nal» y Castilla la Nueva permanecía leal a la República; San Rafael era tierra de nadie. Una motocicleta con guardias civiles «tomaba» la centralita telefónica de San Rafael y, dejando los primeros muertos en el suelo, se volvía para Segovia.  Miguel buscó al sepulturero en El Espinar, y en la casa de su suegro, en Las Fuentecillas de San Rafael, fue concentrando mujeres e hijos de conocidos que se habían quedado en Madrid. Subió una columna con guardias civiles y falangistas dispuestos a entrar en Madrid; pero las milicias populares los contuvieron en Tablada. Casualmente, el teléfono de Las Fuentecillas, al que desde Gudillos habían venido a llamar los familiares de Giral, temerosos de hacerlo desde su casa, quedó permanentemente conectado de un lado a otro de «las dos Españas» ¡con el Ministerio de la Guerra! Cándido interrogaba desde un lado de la línea preguntando en alemán si había tropas, y del otro Jimena, la mujer de Catalán, repetía cautamente: «Estamos en la provincia de Segovia»... Después de un día de bombardeos por las avionetas de Cuatro Vien­tos, la familia Catalán y los «refugiados» adjuntos huimos a El Espinar a la mañana siguiente. Allá entraría la «columna Man­gada» comunista, filtrada a través de la Sierra, y se retiraría, al faltarle la munición, ante los guardias civiles que retomaban el pueblo. Bajo una cama, atestada de niños, se escondía un falan­gista con un pistolón, sin que Miguel supiera nada, mientras los milicianos protestaban: «Desde esta casa han disparado»; luego, un guardia civil despechugado intentaba imponer a Miguel que le ayudase a buscar a «los rojos» del pueblo... Era el día de San­tiago y la familia Catalán logró huir, en los minutos siguientes, a Segovia. En El Espinar habían gastado sus últimas pesetas en comprar provisiones, que hubo que abandonar.

      En Segovia, Catalán, su familia y varios de los otros «refugia­dos» que le acompañaban vivieron durante varias semanas en una casa de la calle de San Frutos, donde les daban de comer gratis los propietarios de una taberna, una viuda («la señora María») y sus hijas, a pesar de que el marido de una de ellas sufría frecuentes palizas y tomas de aceite de ricino en la Comandancia por no colaborar denunciando a los parroquianos sospechosos y demás rojos ocultos. Entonces vivieron días de angustiosa incertidumbre, como cuando la mujer y los hijos de Bolívar estuvieron a punto de ser fusilados por un comandante de falangistas y fueron salvados por la intervención de un artillero, o como el día en que Miguel fue llamado a la Comandancia militar acusado de hacer espionaje (desde un «Centro de Información de Heridos» que había organizado) y salió libre, gracias a que un policía rompió ocultamente la denuncia, porque su hijo había identificado en la calle a Catalán como su profesor favorito (por entonces Catalán había sido incorporado al Instituto de Segovia como profesor de Ciencias en el Bachillerato).

      En el año 37, los espectroscopistas norteamericanos de Princeton y de Boston intentaron llevarse a Catalán a USA, para que continuara trabajando con ellos en el espectro del Hierro; pero el Gobierno de Burgos negó el visado a su mujer e hijo por su parentesco con Ramón Menéndez Pidal, a quien el ABC revolu­cionario de Madrid había fotografiado sonriente con Líster.

      Entre tanto, Russell y sus colaboradoras aguardaban, en vano, nuevas noticias de Catalán. Cuando en 1944 se decidieron a publicar su estudio sobre «The Are Spectrum of Iron (Fe-I)», incorporaron a él el nombre de Miguel A. Catalán, explicando lo que le debían y aclarando seguidamente:

     «Poco después estalló la gran guerra española. Nuestras comunicaciones se interrumpieron y no sabíamos si Catalán podía disponer de su labora­torio y sus papeles y, ni siquiera, si ese laboratorio y esos papeles existían aún. De todas maneras, para ayudarle a continuar su trabajo, preparamos en Princeton una lista de líneas de Fe I que contenía todos los datos que nos eran asequibles, incluyendo datos de Zeeman de Babcock, y se la enviamos a Madrid. Más de cuatro años después, el Dr. Catalán nos con­testó remitiendo una lista de términos espectrales y constantes «g» del desdoblamiento magnético Zeeman, que incluía gran cantidad de resulta­dos nuevos. Aún hoy las comunicaciones son difíciles y Catalán no ha podido enviarnos todavía su extensa lista de líneas clasificadas... El Dr. Catalán debería aparecer también como autor del presente trabajo, si no fuese por las dificultades de comunicación que nos han impedido el con­tinuo intercambio y discusión de los resultados... El presente trabajo es, pues, un ejemplo más de la cordial cooperación internacional entre los espectroscopistas, que es en gran parte responsable del rápido avance del análisis de los espectros complejos.»

      Aparte de las «dificultades de comunicación» de la España de la postguerra con el mundo exterior, Catalán no había «aún» podido enviarles sus listas de líneas clasificadas porque a partir de 1936 su carrera como investigador había quedado truncada de forma mucho más radical que lo temido por los espectroscopistas norteamericanos.

      La Segovia de la Guerra Civil, tan magistralmente retratada en la película de Carlos Saura «Mi prima Angélica», representó para Catalán y su familia algo más que un paréntesis en la acti­vidad profesional. Por lo pronto, la imagen goyesca del «Aquí yace media España; murió de la otra media» señaló, durante años, una frontera entre el ayer y el hoy, representó una toma de conciencia de que lo vivido hasta entonces había sido una expe­riencia en cierto modo irreal: ¿dónde quedaba el sueño de una España civilizada?, ¿dónde colocar la espectroscopia en la realidad presente?

      Finalizada la Guerra Civil con la victoria de los «nacionales», Catalán fue, como muchos otros españoles, víctima de la «depu­ración» del país. Enríquez de Salamanca, al frente del proceso de limpia de la Universidad, le acusó de que la República había inventado para él una cátedra sobre una materia («Estructura Atómico-Molecular y Espectrografía») irrelevante, tan sólo por ser yerno de Menéndez Pidal, y, entre otros cargos, intentó vincularle a la masonería. Una vez «expedientado», quedó excluido de la Universidad y, a continuación, se le negó la entrada en el Insti­tuto «Rockefeller», donde tenía sus laboratorios de investigación. También se le prohibió publicar en las revistas científicas del país. Por otra parte, la imprenta en que se imprimía en Toledo su tra­bajo voló en los días del sitio del Alcázar; el discípulo que en Madrid estaba completando la lista de líneas clasificadas se la llevó al frente y allá pereció con él; los papeles que Miguel no se apresuró a recoger de su mesa de trabajo se le hicieron inasequi­bles y hasta algún discípulo desleal se apropió de parte de ellos... El «expediente» continuó abierto, sin resolverse, hasta 1946. Cuando un Director General menos obscurantista, Cayetano Alcázar, intentó que el Ministro de Educación Nacional, Ibáñez Martín, mitigara el ostracismo de Catalán, el Ministro sólo conce­dió: «Que publique con pseudónimo». Ante esa situación, Cata­lán, sin esperanza de proseguir sus investigaciones, remitió a Russell y sus colaboradoras cuantos datos habían quedado a su alcance y dio por cerrada la etapa anterior de su vida.

      En los años que preceden al alzamiento militar, Catalán había ido consiguiendo de los representantes de la política cultural y educativa de España los medios y apoyos necesarios para crear una escuela de espectroscopia situada en la vanguardia de la Ciencia mundial, capaz de contribuir poderosamente al vertiginoso progreso del estudio de la estructura de la materia. El reconoci­miento, por parte de los poderes públicos, de la importancia de una rama de las Ciencias puras, que en otros países más desarro­llados estaba transformando radicalmente el contenido y fines de la Física, era algo realmente nuevo e inusitado en España, donde el progreso científico suele confundirse con la aplicación prác­tica, tecnológica, del saber científico; pero no fue un hecho ais­lado, sino parte de un gran esfuerzo, apoyado en la política cultu­ral y educativa de la «Junta para Ampliación de Estudios», que abarcó a las más diversas ramas de la cultura y que llegó a pro­ducir el hecho insólito de convertir a España, por un breve período de su historia, en un país incorporado a la vanguardia cultural y científica del mundo de la preguerra.

      Últimamente, en 1934, Catalán había ganado la Cátedra de «Estructura Atómico-Molecular y Espectrografía» de la Universi­dad de Madrid. Se trataba de una cátedra basada en una «asig­natura» electiva del doctorado de Química, creada obviamente (aunque la obtuviera por oposición) para que Catalán pudiera atraer a jóvenes químicos hacia el estudio de la conexión entre los espectros y la estructura electrónica de los átomos que los producen (por entonces, en la Universidad española, la Física sólo se interesaba por la Mecánica, la Electricidad, la Óptica Geomé­trica y la Termodinámica, no por la estructura de los átomos). Con sus clases teóricas, sus prácticas de laboratorio y sus semina­rios, constituía una novedad educativa en la Universidad española, tan necesitada de renovación.

      La posibilidad de renovar la Universidad a través del contacto de la docencia, en sus niveles superiores, con el trabajo experi­mental de investigación se apoyaba en la existencia, fuera del recinto universitario, de unos laboratorios, que Catalán venía dirigiendo desde 1930, en la Sección de Espectroscopia Atómica del Instituto de Investigaciones Físicas y Químicas, situado en «Los Altos del Hipódromo» (entonces en los límites exteriores de Madrid). Ese Instituto, dirigido por Blas Cabrera, había comen­zado su actividad con instalaciones y material muy precarios; pero el renombre internacional del grupo de físicos y químicos que en él trabajaban (Cabrera, Catalán, Madinaveitia, Moles, Palacios, del Campo, Guzmán, Torroja...) había atraído el interés del «Interna­tional Board of Education» de la Rockefeller Foundation, que de­cidió costearles un edificio apropiado para que pudieran desarrollar sus actividades al nivel de sus colegas europeos. Catalán (junto con su mujer Jimena) y Moles, como consejeros científicos, y Sánchez Arcas, como arquitecto, recorrieron, enviados por la Fundación Rockefeller, los laboratorios de Suiza, Alemania, Dinamarca, Holanda e Inglaterra para diseñar el nuevo Instituto de Investiga­ciones Físicas y Químicas en el solar cedido por el Gobierno español junto al «Instituto Escuela» y no lejos de la «Residencia de Estudiantes».

      El Instituto «Rockefeller», diseñado por Sánchez Arcas, fue una construcción notable por su funcionalidad; toda su estructura, salvo una sobria portada neoclásica, respondía a las finalidades investigadoras del edificio, tal como Catalán y Moles las habían definido, en notoria oposición a lo acostumbrado en una era anterior y a lo que luego habría de ser la arquitectura franquista. La sorpresa de un periodista de la época nos permite hacernos hoy una idea del contraste entre el ámbito científico innovador del «Rockefeller» y el ambiente cultural de la sociedad española contemporánea:

    «—¿Usted no ha visto a unos doctores en Ciencias que allá, en el Hipó­dromo, trabajan bajo tierra, en fantásticas habitaciones de corcho? —Y ¿qué hacen? —Pues estudiar la estructura de los átomos.—... ¡Átomo! Nosotros incurríamos en la estupidez de llamar ’átomo’ a cualquier amigo insignificante... —Un átomo es todo un sistema planetario maravilloso (nos ha dicho un sabio en el Instituto de Investigaciones Físicas)... Si pudiéramos recoger, concentrar, la energía... habría fuerza suficiente para hacer saltar la tierra. Mire... la rápida e impremeditada industrialización de los avances científicos pudiera constituir, lo constituye, un serio peligro...— Sabed, lectores, que aquello de las habitaciones subterráneas construidas de corcho es una realidad. Están construidas en el soberbio edificio que la Institución Rockefeller ha regalado al Centro de Investiga­ciones Físicas... Hemos de escribir, aunque se nos rogó lo contrario, los nombres eminentes, prestigiosos dentro y fuera de España (más fuera que dentro) de Tomás Batuecas y Miguel Catalán... El doctor Catalán descu­brió los multipletes. Nosotros no sabíamos, ni lo sabemos muy bien aún, qué son los ’multipletes’... se trata de algo que sirve para averiguar la estructura íntima de los átomos mediante la observación del espectro...
    Ese muchacho..., que es una gloria científica, ha trabajado once años sin cobrar nada y hoy percibe, en aquel Instituto, ¡cuarenta duros al mes! Sus buenos cincuenta y siete duros gana Batuecas y hasta ochenta duros don Blas Cabrera... Tenemos la vaga sospecha de que esos hombres ten­drán también que comer, que vestir y una serie de necesidades, aunque sean más reducidas, similares a las de los demás mortales... Nosotros pen­sábamos, como resumen de esta información, indicarle a nuestro hijo que no se hiciera sabio...»

      La valoración de la contribución de Catalán al conocimiento de la estructura íntima de los átomos había venido, en efecto, más bien de fuera que de dentro. Pero la posibilidad de que en la España de entre guerras surgiera un espectroscopista atómico no se debió, simplemente, a la voluntad de un individuo aislado. La personalidad científica del Catalán de los años 30 era el resultado —uno entre muchos— de una política cultural sostenida, a lo largo de los primeros decenios del siglo, por un grupo influyente de educadores y científicos preocupados por incorporar el país al ámbito de la cultura centroeuropea.

      Catalán había llegado a Madrid en 1915, después de trabajar de químico un año en una fábrica de cementos cerca de Zara­goza, de donde era natural. Iba a cumplir 21 años (nació el 9-X-1894). Rasgos que habrían de ser sobresalientes en su personalidad venían ya definidos desde su adolescencia zaragozana: enemigo del atuendo, los comportamientos y las ideas convencionales; apa­sionado por la Naturaleza e inclinado a la aventura azarosa (ejemplos: su sinsombrerismo, que le había llevado en ocasiones a ser detenido; la manía de hacer excursiones en línea recta sal­vando obstáculos). Ya en Madrid, alojado en una casa de hués­pedes de la calle del ’Arenal, se desembarazó de abrigo, bufanda y camiseta para siempre; su naturismo le hizo frecuentar la Sierra, cuando aún era coto de muy contados «alpinistas», subiendo a pie desde Colmenar Viejo o Cercedilla y, más tarde, recorrer las Guarramas y Guarramillas en esquí, teniendo como base el Ven­torrillo, sin aprender previamente el arte correspondiente... Pero su principal preocupación, fuera del temor a que España dejara de ser neutral en la Gran Guerra y le tocara ir a pudrirse en una trinchera, era por entonces hacer el doctorado. Había tenido la fortuna de ser admitido en el Laboratorio de Investigaciones Físi­cas de la «Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas», que dirigían Blas Cabrera y Enrique Moles. El Labo­ratorio, aunque malamente instalado en los sótanos del «Museo de Ciencias Naturales» en Los Altos del Hipódromo, respondía a unos propósitos ambiciosos, pues la Junta, al crear el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales a que el Laboratorio perte­necía, pretendía seguir los pasos de otros países europeos más desarrollados, que trataban de fundamentar su poder industrial mediante la promoción del cultivo de las Ciencias puras. Lo que faltaba en medios, intentaban suplirlo con entusiasmo un puñado de físicos y químicos españoles muy al tanto de las especialidades punta en aquel momento histórico (los hermanos Cabrera, Moles, Batuecas, Jimeno, Piña de Rubíes, Guzmán, etc.). Catalán empezó a trabajar con el primer espectroscopista español, Ángel del Campo.

APORTACIONES A LA ESPECTROSCOPIA ATÓMICA: LOS «MULTIPLETES»

      En aquellos tiempos, el espectrógrafo era el instrumento más preciado en los laboratorios de Análisis Químico, materia de la que Del Campo era titular en la Universidad, y uno de los pro­blemas más importantes de la Espectroquímica lo constituía el análisis de las rayas últimas en desaparecer al ir disminuyendo la proporción de un elemento en una mezcla, pues su conocimiento permitía determinar la presencia del elemento en cantidades mínimas. El tema asignado por Del Campo a Catalán para su investigación doctoral fue el de las líneas «últimas» del Magnesio (Mg), por ser elemento importante en muchas aleaciones e impu­reza en otras. Pero aunque entre los siete primeros trabajos que publica entre 1916 y 1920 haya varios en que estudia rayas «últimas» y en que descubre nuevas líneas útiles para la identificación de elementos dentro de los compuestos, Catalán se interesó muy pronto en la investigación de la estructura íntima de la materia, dejando poco a poco de lado la perspectiva químico-analítica de la Espectroscopia practicada por su maestro.

      No es, pues, de extrañar que, cuando la Junta le conceda una de sus becas de ampliación de estudios en el extranjero y en 1920 vaya a Inglaterra, acabe por integrarse, como «research student», en el laboratorio de A. Fowler, quien por entonces era uno de los más famosos espectrofísicos.

      Cuando Catalán llega como estudiante al Londres de después de la Primera Guerra Mundial, con 25 años aún no cumplidos, la Espectroscopia Atómica estaba a punto para el sensacional despe­gue que habría de tener en la década de los 20. Ya desde fines del siglo pasado se habían encontrado series en las rayas espectra­les de la luz emitida por los elementos químicos (inicialmente en el espectro del Hidrógeno, luego en otros espectros también senci­llos), identificándose, junto a las líneas simples o «singletes», «dobletes» (líneas dobles) y «tripletes» (líneas triples), y se habían distinguido las series s (sharp o neta), p (principal), d (difusa) y f (fundamental); pero sólo recientemente, en 1913, N. Bohr había ideado un modelo atómico que ponía en relación esas series y la estructura atómica del elemento que las produce. Los electrones giran alrededor del núcleo central, y si al pasar de una órbita a otra más externa absorben energía, al pasar a una órbita más interna, de menor energía, se liberan de la energía residual emi­tiendo una radiación. Esta conexión entre la estructura íntima de la materia y el espectro de la luz de cada elemento químico había venido a prestar enorme interés a la descripción, a través de sus espectros, de todos los elementos conocidos; pero los espectros de aquellos elementos que ocupan columnas muy avanzadas del Sis­tema Periódico, como el Manganeso, el Cromo, etc., estaban for­mados por miles de rayas aparentemente caóticas e indescifrables.

      Fowler sugirió a Catalán estudiar el Vanadio; pero Catalán optó por un espectro más complejo, que tenía la peculiaridad de que sus muchas líneas aparecían en forma de grupos bastante cerrados: el Manganeso (Mn). El 9 de marzo de 1921 escribe a su maestro Del Campo contándole sus progresos: Ha aprendido la técnica del espectro de chispa y se las maneja ya bien «hasta con los tubos», ha hecho progresos en los espectros de los astros («pues aquí se oye mucho»), ha conocido a Russell «el de la teo­ría estelar»...; pero, sobre todo, está «haciendo números y más números». Trabaja intensamente: entra a las 10 de la mañana y sale a las 10 de la noche («excepto un rato que dedico a comer y otro al té»). Aunque ha hecho «un esquema completo de las cua­tro series P. S. D. y F. perfectamente determinado», se debate aún con un «enorme fárrago de combinaciones que no era posible ordenar y entre ellos estaban los grupos más importantes del Mn...»; está queriendo encontrar explicaciones para varias obser­vaciones sorprendentes, sobre todo para el hecho de que las series difusas tengan características completamente nuevas que las dife­rencian de todas las series de «tripletes» conocidas.

      Por fin, a base de números y de nuevas placas, las cosas se van aclarando, y Catalán está en condiciones de demostrar, a tra­vés de los espectros del Manganeso y del Cromo, que la restric­ción, hasta entonces generalmente aceptada, de que todas las series eran de «dobletes» o «tripletes» era insostenible y que exis­tían otras regularidades de orden superior, a las que él bautizaría «multipletes». Con su demostración había quedado abierto el camino para el análisis de todos los espectros complicados.

       El trabajo de Catalán («Series in the Spectrum of Manganese») fue leído por el propio Fowler en la Royal Society de Londres, de la cual era «fellow», el 23 de marzo de 1922, y vería la luz en el vol. 223 de las Pbilosopbical Transactions of the Royal Society en julio de ese mismo año. Pero meses antes de su aparición, ya había acudido a Madrid Arnold Sommerfeld, el gran físico alemán, que compartía por entonces con Bohr el liderazgo de la Física Atómica teórica, y había recibido de manos de Catalán una copia manuscrita de su artículo aún inédito. Ello hizo posible que en agosto del mismo año Sommerfeld entregase a los Annalen der Physik un trabajo sobre la interpretación de los espectros complejos (Manganeso, Cromo, etc.) por el método de los números cuánticos internos, en que reconocía:

    «El estímulo para llevar a cabo esta ampliación [del esquema de los números cuánticos internos] lo encontré cuando pude conocer el análisis del espectro del Manganeso, que había realizado Herr Catalán en el labo­ratorio de A. Fowler. Se vio que los nuevos conjuntos de líneas analiza­dos por Herr Catalán encajan excelentemente en el esquema... Además de los espectros de arco y chispa del Manganeso, presentaba también espe­cial interés extender el estudio al espectro del Cromo, estudiado, asi­mismo, por Herr Catalán, pero sólo parcialmente...»

      Pronto empezaron a surgir trabajos sobre multipletes en Esta­dos Unidos, Francia, la India, Holanda, Argentina, Alemania, en fecunda competencia. Para evitar la duplicación de las investiga­ciones fue preciso crear una activa comunicación entre los labora­torios de todo el mundo y repartirse los temas. Los espectros que habían desafiado a todos tanto tiempo iban siendo interpretados rápidamente, y a través de ellos la disposición y estructura de las capas electrónicas.

      Por otra parte, entre los años 1922 y 1927 se produjo una explosión de trabajos teóricos sobre espectros y estructura ató­mica, que llevó a la construcción del más famoso monumento científico de nuestro siglo: la Mecánica Ondulatoria.

     «En 1921 —resume W. F. Meggers en el discurso inaugural del Con­greso de Espectroscopia conmemorativo del nacimiento de J. R. Rydberg (el descubridor de los singletes, dobletes y tripletes)— el descubrimiento de Catalán de términos espectrales con cinco o seis componentes inició un verdadero diluvio de regularidades (llamadas multipletes) en los espec­tros complejos. Sobre esa base, la teoría cuántica de los espectros atómi­cos se desarrolló rápidamente, con el invento de los números cuánticos internos por Sommerfeld, la sugerencia por parte de Uhlenbeck y Goudsmit de que la rotación del electrón (spiri) era responsable del des­doblamiento de los términos espectrales múltiples, el principio de exclu­sión de Pauli, que distinguía entre electrones equivalentes y no equivalen­tes, la correlación de Hund de los términos espectrales con las configuraciones electrónicas y la explicación, por parte de Landé, del efecto Zeeman anómalo, por mencionar sólo unas pocas contribuciones fundamentales. Así, los años veinte de este siglo han podido ser llamados la Edad de Oro de la Espectroscopia, porque en ellos se hizo posible interpretar teóricamente y con gran detalle la estructura fina de los espec­tros característicos de cualquier átomo o ion libre.»

      Catalán no permaneció al margen de esa acelerada actividad. En 1923-24, por iniciativa de Sommerfeld, recibió inesperada­mente una «fellowship» de la Rockefeller Foundation para pasar un año en Munich y exponer allí sus métodos y resultados obte­nidos, al tiempo que trabajaba con el teórico alemán; y, entre 1922 y 1929, publica, en revistas especializadas inglesas, alemanas y españolas, 28 nuevos trabajos, relativos a los espectros del Escandio, del Cromo, del Molibdeno, del Hierro, del Titanio, del Cobalto, del Paladio, del Manganeso... Sus laboratorios de Madrid se mantienen en la vanguardia de las investigaciones espectroscópicas y en ellos se forman o colaboran, tanto nuevos espectroscopistas españoles (como P. M. Sancho, P. de Madariaga, F. Poggio, J. M. Román), como varios extranjeros: el alemán Bechert (futuro rector de la Universidad de Giessen), Telles Antunes (del Observatorio de Lisboa), Gaviola (del Observatorio de Córdoba, Argentina). Al mismo tiempo, Catalán visita los laboratorios europeos: en 1925 el de Zeeman en Holanda, en 1927-28 los de varios países, con una subvención de la Rockefeller Foundation. La existencia de una «escuela de Madrid» de Espectroscopia Atómica era, al comienzo de los años 30, una realidad perfecta­mente conocida en el naciente mundo científico de la Física Nuclear.

      Después de la Guerra Civil Española, separado de la Univer­sidad, expulsado de sus laboratorios espectroscópicos e imposibili­tado de continuar sus investigaciones, Miguel Catalán hubo de rehacer su vida como pudo. Para sobrevivir en aquellos difíciles tiempos del «pan de bola» y el boniato, Catalán, que vivía con su mujer e hijo en el olivar de Chamartín en casa de su suegro (cesado como Presidente de la Academia Española y cuya cuenta corriente fue bloqueada durante algún tiempo por el Gobierno de Franco), entró en la industria privada.

      Tuvo la fortuna de que, gracias a Alvaro Gil, le dieron empleo los Fernández de «Mataderos de Mérida». En las fábricas de productos químicos Zeltia e Industria Riojana y en los labora­torios IBYS extractó vitaminas e hizo D.D.T., al tiempo que ideaba células fotoeléctricas y colorímetros. Apartado de la ense­ñanza oficial, Catalán se interesó en el proyecto pedagógico ini­ciado por su mujer Jimena Menéndez Pidal, tras la supresión del «Instituto Escuela» por el nuevo Régimen, y explicó Física y Química y aun Matemáticas, entre 1940 y 1946, en las pequeñas clases (ilegalmente mixtas de chicos y chicas) del «Colegio Estudio». No le costaba vulgarizar al nivel de Bachille­rato, pues había sido Adjunto y Catedrático del «Instituto Escuela» desde 1919 a 1931 (e incluso antes, en el Centro que, en Miguel Ángel, 8, constituyó el núcleo desde donde se «creó» el «Instituto Escuela»). También colaboró en la redacción de manua­les, lo más al día posibles, de Física y Química para niveles de Enseñanza Media.

      La ruina de su carrera científica no le hizo perder su carácter extrovertido; tampoco cedió, ante la presión del medio, en sus convicciones y modos de ser y estar: su naturismo, su pasión por el aire libre, el sol, el agua, la nieve, el hielo, los altos picos y las estrellas, era una extensión de su interés por la materia, por la estructura del núcleo, por la energía; su rechazo del convenciona­lismo en el vestir y su afán, tan chocante para sus contemporá­neos, de exponer el cuerpo a las inclemencias y «clemencias» naturales eran, por ello, tan irrenunciables para él como su nega­tiva a someterse al chantaje religioso y político de la sociedad en que tuvo que vivir.

      La evolución del mundo y sus repercusiones en la España franquista acabaron por restituir a Catalán su Cátedra de Estruc­tura Atómico-Molecular y Espectroscopia en la Universidad de Madrid, en donde un día de febrero de 1946 hubo de plagiar el fray-luisiano «decíamos ayer» después de diez años de forzada exclusión. Pero, en verdad, cualquier sentido de continuidad resul­taba imposible: de una parte, el entorno universitario español nada tenía en común con el de los años de la República; de otra, en las fronteras orientales de América habían explotado las prime­ras bombas atómicas. En la España de 1946, en medio del desierto intelectual impuesto por aquellos años de involución y aislamiento, era preciso hacer recorrer al alumnado a marchas forzadas todas las etapas del desarrollo de la Física del núcleo, simplemente para poder hacer comprensible el informe de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, que Catalán había recibido, y enseñar el primer curso de Física Nuclear impartido en las Universidades españolas.

LA ESTANCIA EN AMERICA

      La reentrada de Catalán en el mundo de la investigación pura no fue fácil, ni aun entonces. Sus colegas norteamericanos inten­taban recuperarle para ella; pero a las dificultades que represen­taba el aislamiento y cerrazón de la España de Franco se sumó, en seguida, la evolución política de Estados Unidos, donde la Guerra Fría desencadenó la «caza de brujas» del McCarthismo contra los supuestos «compañeros de viaje» del comunismo. Tras la ejecución del matrimonio Rosenberg, incluso un Oppenheimer sufría los efectos de la paranoia anticomunista del Gobierno y del americano medio. Cuando, a invitación de la American Philosophical Society con sede en Philadelphia, Catalán trata de ir a USA para «realizar investigaciones sobre espectroscopia atómica», la Embajada americana le niega inicialmente el visado, por reve­rencial temor al adjetivo «atómico» y por el hecho de haber sido expedientado, en su día, por el Gobierno de Franco.

      Finalmente, Catalán fue a América en 1948-49 a trabajar en el «National Bureau of Standards» de Washington, con W. F. Meggers y Ch. Moore-Sitterly, en el «Massachusetts Institute of Technology» (M.I.T.) de Boston, con R. Harrison, y en la Uni­versidad de Princeton, con A. G. Shenstone, sucesor de Russell. Allí inició sus más importantes trabajos sobre efecto Zeeman y sobre espectros de átomos ionizados y desarrolló sus investigacio­nes sobre relaciones entre espectros, campo en el que años atrás se había introducido tímidamente en colaboración con sus discípu­los Bechert y Antunes, rompiendo ahora con el método clasico de comparar secuencias de espectros isoelectrónicos con distinto grado de ionización y ensayando un método nuevo muy eficaz para la predicción de configuraciones electrónicas experimentalmente desconocidas, que serviría de base al método de cálculo de niveles de energía de G. Racah. Durante su estancia en Washing­ton, vería, además, la luz, en la Circular 497 del «National Bureau of Standards», su propuesta de reordenación del Sistema Periódico de Elementos Químicos, basada en la adaptación de la famosa tabla de Mendelejeff a los progresos en el conocimiento de los átomos que había proporcionado la espectrografía.

      La estancia en América de Catalán convenció a las autorida­des científicas españolas de que era preciso poner fin a su largo ostracismo. J. M. Otero Navascués le ofreció (y consiguió que aceptara) formar parte del Instituto de Óptica «Daza de Valdés». Desde 1950 hasta su muerte dirigiría en él un pequeño Departa­mento de Espectros. En 1951 el nombre de Catalán reaparece, por fin, en los «Anales de la Sociedad Española de Física y Química». No obstante, la España oficial nunca llegó a devolver a Catalán el espacio y medios científicos necesarios para reanudar sus investigaciones con el ímpetu con que las inició en los años 20 y 30, hasta ser suprimidas por los vencedores de la Guerra Civil. En el momento de máxima actividad de su nuevo grupo de trabajo, Catalán sólo disponía de 5.000 ptas. de material de labo­ratorio, para él y sus ocho colaboradores. Todos ellos sabían, antes de empezar con él su trabajo, que tenerle como maestro les acarrearía graves problemas para progresar administrativamente. Cuando en el propio edificio que albergaba al Instituto de Óptica se iniciaron las primeras investigaciones sobre energía nuclear, di­simuladas tras el organismo EPALE, se dio orden expresa de negar a Catalán la entrada en las dependencias del organismo.

      En los años 50, Catalán fue repetidamente tentado por los espectroscopistas y astrónomos norteamericanos para que se inte­grara definitivamente en los laboratorios o universidades de USA y pudiera así continuar sus investigaciones con medios apropiados. Prefirió no hacerlo, por razones familiares; pero no cortó sus lazos con el «National Bureau of Standards» y la Princeton University, adonde volvió en 1950-51 y en 1953 y adonde pudo enviar a sus nuevos colaboradores españoles. También reanudó su asocia­ción con su antiguo discípulo portugués Antunes, injustamente preterido en su país por el Gobierno salazarista, y estableció muy especiales relaciones, enviando allá a varios de sus colaboradores, con el laboratorio de B. Edlen, en Lund (Suecia) y con el Zeeman Laboratorium de la Universidad de Amsterdam (Holanda). En la veintena de trabajos que publicó en los años 50, algunos de ellos postumos, en USA, Inglaterra y España, los nombres de los nuevos discípulos españoles, R. Velasco, F. Rico, O. García-Riquelme, M. Sales, L. Iglesias, se entremezclan con el de M. Telles Antunes y los de W. F. Meggers, A. G. Shenstone, F. Rohrlich, P. F. A. Klinkenberg, del «National Bureau of Standards» de Princeton y del Zeeman Laboratorium. En 1952 fue elegido miembro de la «Commission for Spectroscopy of the International Council of Scientific Unions».

      Catalán murió, en plena actividad, el año 1957 (el 11 de noviembre), de forma inesperada, tanto para él como para los que le rodeaban. Estaba trabajando sobre espectros de átomos múltiplemente ionizados (es decir, carentes de dos electrones) en elementos químicos de transición, frecuentes en las estrellas de tipo B, A, F y G (entre ellas el Sol), en colaboración con Meg­gers, Shenstone y Edlen. Con sus 63 años se sentía aún joven. Aquel mismo año había viajado desde la Patagonia hasta Canadá, después de enseñar el curso 1956-57 en Venezuela, invitado por la Fundación Mendoza (las Lecciones de Física Nuclear editadas a partir de sus conferencias son un buen ejemplo de su capacidad divulgadora), y de pasar por Berkeley (California) a conocer a su segundo nieto recién nacido.

      Cuando en 1970 la IAU (Unión Astronómica Internacional), tras laboriosas negociaciones, dio nombre a los accidentes de la cara oculta de la Luna fotografiada por los satélites, el cráter situado en 46° S y 87° W recibió el nombre de «Miguel A. Catalán», en reconocimiento a la importancia del descubrimiento de los multipletes para el desarrollo de la Astrofísica; y en 1972, sus colegas de USA, Suecia, Holanda, Francia, Inglaterra y Canadá aprovecharon la «III Reunión Nacional de Espectrografía» española para rendirle homenaje en el 50 aniversario del des­cubrimiento de los multipletes. Sin embargo, su nombre lo cono­cen hoy pocos en España.

Diego Catalán, 1987

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