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En defensa del Olivar de Chamartín

APOYO DE JUAN CARLOS CONDE

A quien corresponda:

Mi alarma ante las noticias relativas a la actitud de enfrentamiento y hostilidad desplegadas por la Fundación Ramón Areces hacia la Fundación Menéndez Pidal en los últimos meses (si no años), y últimamente plasmadas en acciones absolutamente inclasificables (asaltos a la Casa de Menéndez Pidal, amenazas de cambios de cerraduras en la propiedad, etc.), de cuya existencia es imposible tener conocimiento a través de los medios de comunicación al uso (lo que es muestra bien de lo que vale la cultura en estos tiempos de mentira y fútbol, bien de lo que es y representa en realidad la tan a veces cacareada independencia de los medios de comunicación), me lleva a dirigirme a usted para poner en su conocimiento las siguientes consideraciones:
La figura de Ramón Menéndez Pidal es una de las figuras señeras de la cultura española del siglo XX. Podemos considerarlo el padre de la filología española, inexistente hasta sus primeras publicaciones sobre gramática histórica del español o literatura española medieval; pero también e indudablemente uno de los historiadores e intelectuales más importantes de la España moderna.
Contrariamente a lo que es habitual en España y en la cultura española, Menéndez Pidal no sólo dejó tras de sí una obra ingente, sino que creó una escuela, cuya obra llena muchas de las mejores páginas de la filología, la lingüística, los estudios literarios, folklóricos y dialectológicos, la historiografía y el pensamiento español actual. En muchos terrenos, los que nos dedicamos a dichos menesteres no somos sino enanos acomodados sobre sus anchos y fuertes hombros. Cuando el estallido de la sublevación fascista y la subsiguiente guerra civil y las mezquinas circunstancias de la España de la postguerra imposibilitaron la continuidad de la labor de dicha escuela como tal (con episodios tan sonrojantes como la entrega del legado del Centro de Estudios Históricos y de la Junta para la Ampliación de Estudios a las manos del Opus Dei), Menéndez Pidal continuó, pese a su avanzada edad, su labor investigadora y de creación de escuela, esta vez al margen de los circuitos institucionales y universitarios, en el contexto privado (y en algunos casos hasta estrictamente familiar), con frutos de la mayor importancia en los diversos campos antes mencionados, que dejaban en el mayor de los ridículos los mustios frutos del establishment cultural del franquismo.
El núcleo de esa deslumbrante labor, tanto sentimental como físico, es la casa que Menéndez Pidal construyó a comienzos del siglo XX en el llamado Olivar de Castillejo, casa que es también biblioteca y archivo, y por ende registro fiel de la obra del sabio y de su escuela. Además de la estimable biblioteca que en ella se custodia, en la casa de Menéndez Pidal se guardan sus materiales de trabajo sobre historiografía, lingüística, y literatura. Más importante aún, en dicha casa se custodian todos los materiales que Menéndez Pidal reunió a lo largo de casi setenta años de investigación relativos a la vida del Romancero hispánico. Don Ramón, junto con su mujer, María Goyri, acalló las voces de aquellos que a fines del XIX consideraban muerta y acabada la tradición oral del Romancero, y redescubrió la presencia todavía activa y sólida del Romancero como poesía oral viva en la tradición popular no sólo de España, sino de territorios hispánicos como los latinoamericanos, o de comunidades transterradas —esa maldición de España, madrastra de sus hijos— como la sefardí. Allí, en la casa de Chamartín, está la evidencia, el testimonio, y la memoria, así como la garantía de su perdurabilidad para las generaciones venideras, de la deslumbrante tradición del Romancero.
Considérese además que no sólo se conserva en la casa de Chamartín la colección de los materiales del Romancero tal y como Menéndez Pidal la dejó a su muerte en 1968, sino que ésta se halla considerablemente acrecida por los materiales fruto de la actividad investigadora de los múltiples equipos que, sobre todo bajo la dirección de Diego Catalán, han estudiado durante los últimos cuarenta años la tradición romancística hispana en un esfuerzo investigador sin precedentes, efectuado casi siempre —estamos en España— en condiciones precarias y únicamente como resultado del empeño, casi fanático, de un puñado de investigadores conscientes de sus deberes hacia la sociedad y alérgicos a la facilidad de los oropeles universitarios y académicos. El resultado es, tal vez, la colección de materiales literarios orales más importante del mundo. Todo ello, como digo, alojado en la casa de Menéndez Pidal en Chamartín. Y no sólo alojado allí: pensado, planeado, organizado, preparado para su publicación en esas habitaciones de la casa pidalina.
Prácticamente toda esta labor que menciono aquí en sumario esquemático se realizó al margen, si no en contra, de las instituciones que tenían —y tienen— la obligación de contribuir al desarrollo y a la preservación de la cultura española. Es por ello por lo que a lo largo de los años Diego Catalán, no sólo nieto, sino albacea intelectual de Menéndez Pidal, tuvo que emplear una gran parte de su tiempo y esfuerzos —como antes tuvo que hacerlo el propio don Ramón, pese al apoyo que sus proyectos recibieron del Gobierno en los años veinte y treinta— en obtener y asegurar el apoyo económico que garantizara la continuidad de dichos empeños. No deberá sorprender a nadie que gran parte de dicho apoyo viniera de fuera de España.
Dentro de ese contexto de asegurar la supervivencia del legado de Menéndez Pidal, y de continuar la labor de su escuela, en 1984 la Fundación Menéndez Pidal estableció un acuerdo con la Fundación Ramón Areces en el que ésta adquirió —por un precio ridículo— la casa de Menéndez Pidal a fin de convertirla en un centro de investigación, a cargo de la Fundación Menéndez Pidal, que continuara la obra científica desarrollada por don Ramón y prolongada por sus discípulos. El acuerdo, que ocupó merecido espacio en los periódicos del momento, seguramente en razón a que la inauguración oficial del centro de investigación establecido en la casa de Menéndez Pidal corriera a cargo de Su Majestad la Reina doña Sofía, venía a resolver la supervivencia económica de un centro que ya estaba establecido, y ofreciendo granados frutos, y por tanto, en apariencia, cerrando años de zozobra e incertidumbre.
Ésta es la situación que hoy parece haber llegado a un punto de ruptura. La Fundación Areces, indudablemente movida por afanes especuladores —no se busque otro culpable a la presente situación distinto del dinero y de la codicia—, desea romper la relación con la Fundación Menéndez Pidal, y, con una falta de respeto absoluta hacia lo que la casa de Menéndez Pidal representa, y con una ignorancia supina hacia el valor de los materiales de investigación, archivísticos, bibliográficos y documentales que en ella se atesoran, busca deshacer lo que llevó casi un siglo hacer. Parece llegada la hora en que los mercaderes se despojan de la careta de curadores de la cultura y el patrimonio que han ostentado durante decenios —no se dude: por los beneficios fiscales, más que por otra cosa—, y muestran su verdadero y estupefacto rostro de avariciosos comerciantes. Ante varios millones de euros, de poco vale Menéndez Pidal, su labor investigadora, su escuela, y la importancia que ellos tienen para la cultura de la España actual.
A mi modo de ver, sería extremadamente vergonzoso que los poderes públicos dejaran que este atropello se consumara. No, no tengo un alto concepto de la sensibilidad de los poderes públicos hispanos hacia lo que verdaderamente representa la cultura y la identidad cultural de España. Pero creo que este es un caso especialmente escandaloso, y que llama a una intervención enérgica y definitiva de las administraciones públicas, si es que en ellas queda todavía un adarme de sensatez, de sentido común, de cordura y de vergüenza. Es necesario que la casa de Menéndez Pidal continúe en pie, con los olivares y jardines que la rodean, como monumento clave de la cultura española del siglo XX. Es necesario que la casa de Menéndez Pidal continúe en pie para seguir albergando los archivos, la biblioteca, y los materiales de investigación atesorados durante más de un siglo por don Ramón y sus discípulos, que son absolutamente fundamentales: por poner un solo ejemplo, si se pierden esos materiales, se pierde completamente nuestra memoria del Romancero en la tradición oral hispánica moderna. Es necesario que la casa de Menéndez Pidal continúe en pie para que la labor de aquellos que, bajo la dirección o la supervisión de Diego Catalán, han prolongado las líneas de la investigación iniciada y desarrollada por Menéndez Pidal pueda continuar y seguir dando frutos, como lo ha hecho durante los últimos cincuenta años. Es necesario, y absolutamente imprescindible, que la casa de Menéndez Pidal continúe en pie, y su continuidad en el tiempo garantizada por un firme y perdurable apoyo de las instituciones, para que el legado que representa sobreviva a lo largo de las generaciones venideras.
Como español, como persona que modestamente intenta conocer y hacer conocer un poco mejor la literatura, la historia y la cultura de España, y como alguien que durante años ha tenido la inmensa fortuna de trabajar como estudiante de doctorado entre las cuatro paredes de la casa de Menéndez Pidal, y de conocer de primera mano los materiales en ella atesorados, y de comprobar hasta qué punto esos materiales no son simple letra muerta, sino memoria viva de la cultura y la historia hispánicas, insto a los poderes públicos, aquellos cuyos presupuestos se nutren de los impuestos que pagan los españoles, a tomar medidas rápidas, decisivas y eficaces que aseguren el futuro de la casa de Menéndez Pidal y de los materiales que en ella se contienen. Insto a las instituciones culturales nacionales e internacionales a que colaboren con, o en su caso, presionen a, los poderes públicos españoles para que dicho objetivo se pueda cumplir. Es necesario impedir que los intereses de la oligarquía comercial destruyan tan importante hito de la historia de la cultura española. Espero, deseo, que quede alguien en las consejerías, ministerios, presidencias, etc., que crea firmemente (o que al menos tenga un momento de lucidez en que se dé cuenta de) que la cultura es algo más, mucho más, que una lista de best-sellers, un megaconcierto de rock, una feria taurina, la creación de museos firmados por arquitectos de campanillas pero carentes de fondos y presupuestos, o la apertura de academias de idiomas glorificadas en los cuatro confines del globo. Espero, deseo, que los clamores que llegan desde todo el mundo (ver los testimonios publicados en Cartas de los amigos del Olivar de Chamartín causen el debido efecto en quienes pueden evitar este desafuero.
Se dice que el país que olvida su historia está condenado a repetirla. No sé si eso es verdad. Sí que sé que el país que ignora su historia está condenado a ser un país ignorante y garrulo. Espero que la España de hoy no sea uno de esos países. Maldito sea el país que ignora y desprecia lo que ha configurado su identidad y su memoria, y que no reconoce y preserva su legado cultural. Le ruego que, considerando todo lo dicho en esta larguísima carta, tome a su cargo las acciones oportunas en su mano para impedir que la casa de Menéndez Pidal deje de existir para perecer víctima —otra más— de la especulación y de la codicia.

Cordialmente,

Juan Carlos Conde
Faculty Lecturer in medieval spanish Literature
Medieval and modern languages faculty
University of Oxford

(Carta enviada a la Presidencia de la Asamblea de Madrid presidencia@asambleamadrid.es ;a la UNESCO bpi@unesco.org ;al Ministerio de Cultura.Patronato de Fundaciones info.fundaciones@mcu.es ;a la Fundación Ramón Areces jgp@fundacionareces.es ; al Presidente de Gobierno de España gabinete@presidencia.gob.es )

Para leer el resto de las cartas de quienes nos han dado permiso para publicarlas: "Cartas de los Amigos del Olivar de Chamartín "

Imagen: Carta de Gómez Restrepo a Ramón Menéndez Pidal con las catas de la censura buscando escritos con tinta invisible. (Archivo Digital Menéndez Pidal)

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