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En defensa del Olivar de Chamartín

PRÓLOGO AL CANCIONERO EN CIFRA DE PERRENOT

Prólogo del libro: ""La enigmática carta del Embajador del 28 de mayo/6 de junio de 1562"

ABREBOCA

Se despierta el AUTOR. Está aún enredado en la maraña de un sueño que estaba viviendo. Como duerme siempre con la ventana abierta y ha cambiado súbitamente la estación, no ha logrado, con su cuerpo viejo, calentar bien las sábanas. Abre un ojo. La amplia ventana no es ya pura negrura. A lo lejos, la silueta de un monte empieza a dibujarse. No es el Día que llega, es la Aurora. Ventajas de haber huido de la ciudad a la Serranía: ha recuperado la noción poética de esta distinción. Más vale, piensa, dejar de un salto la semitemplada cama que intentar recobrar la condición de dormido. El acto de enfrentarse desnudo al frío matutino, con que la noche se despide del suelo terrestre, da energía para entrar en la coetaneidad de un día más de vida.
Pero el mundo soñado, esa otra vida de la mente, está ahí aún. Sugestiva, preocupante. El AUTOR sueña siempre vida íntimamente conectada con la cotidiana; pero en que los tiempos se cruzan, se entrelazan y lo aparentemente absurdo cobra un sentido profundo, premonitorio.
No hay modo de recordar en concreto la historia soñada, vivida, porque no ha constituido propiamente una historia, con secuencias sucesivas. Los sueños no son lineales, como la escritura. Son paradigmáticos. Por ello enseñan. Dan pautas para la estúpida lidia con la cotidianeidad. Pero son inenarrables, irreproducibles por la propia memoria que los creó en fantástica libertad, una libertad imposible en la vida despierto.
El AUTOR trata de aprovechar la lección del sueño, que le ha llevado a hacerse una pregunta esencial: ¿Qué es el libro que , después de años de trabajo, tiene, más o menos terminado de escribir, "sobre la mesa" (entendida esta expresión metafóricamente, pues anda perdido en la "mente" de su ordenador). Y, clásico él, puesto que no hay modo de referir el sueño, monta un "Diálogo".

DIÁLOGO INCONCLUSIVO SOBRE ¿QUÉ CONCLUYE ESTE LIBRO?

Personajes, en orden de aparición: "El Impresor", "El Autor", "El Bibliotecario", "El Filologuillo", "El Crítico literario", "El Folclorista", "El Medievalista" "El Viejo progre de la movida", "El Sociohistoriador", "El Historiador", "El lector de novelas policíacas", "El Pelota".

EL IMPRESOR: El libro está compuesto. Pero le faltan los primeros pliegos: el título, la Introducción, o como se llame eso que vas a escribir, esa especie de Conclusiones previas, que me dijiste.
EL AUTOR: Bueno, eso siempre pasa. Los prólogos, los propósitos de un libro y el título son lo último. Salen de lo escrito. Requieren volver a definir, a la luz de lo hecho, lo que se pretendió hacer.
EL IMPRESOR: Si; pero me urge tenerlo ya. Llevas muchos meses paralizando la impresión.
EL AUTOR: Es que este libro no es como otros. Me ha salido muy raro. Es monográfico en extremo; pero caótico. Mejor dicho, agenérico... Por eso lo he retitulado a última hora, llamándolo "La enigmática carta del Embajador del 28 de mayo/6 de junio de 1562. (De poesía oral, guerra de religiones, secretarios y cifradores)".
EL BIBLIOTECARIO: ¿Usted es el autor de ese libro largo tiempo esperado? Me dirá usted a qué campo pertenece el tal libro, pues no pretenderá que yo, con ese título, lo decida... ¿Es una novela policíaca?, ¿ ...de misterio?
EL AUTOR: Me deja cortado... Creí que en él no me salía de mi profesionalidad. Me considero un Filólogo... con inclinación a la Historia. Pero reconozco que todo el libro es una pesquisa para desvelar un extraño "caso", para descubrir al verdadero autor de una carta. Y qué es lo que pretende con ella, qué hay detrás de ella; explicar su aberrante contenido. Sigo las más variadas pistas y, cuando llego al final de cada una de ellas, lo averiguado suscita nuevas incógnitas, abre nuevas preguntas, y se aleja el personaje que trato de apresar... y, sobre todo, la comprensión de sus propósitos.
EL BIBLIOTECARIO. Entonces lo meteré entre los libros de ficción, con las novelas.
EL AUTOR. No, no. Yo no soy un Escritor. No aparece en el libro ningún Padre Brown, ni tampoco me permito caer en la tentación de cultivar el género de la "novela histórica". Bien quisiera en algún momento haber tenido libertad para asignar la misteriosa carta a un personaje seductor, como, por ejemplo, el Secretario Francisco de Figueroa, "el Divino" y, asimismo, para dotar a éste gran poeta de figura visible, identificándole con el jovencito del retrato de Rafael, con que alguna vez se ilustró su biografía en Internet, pero que sabemos era del banquero Bindo Altoviti La intriga del libro me la impone la documentación histórica, no es de mi invención.
EL BIBLIOTECARIO. El sitio de su anunciada obra es, pues, la Historia de los años en torno a 1562.
EL AUTOR. Sólo hasta cierto punto. Es verdad que, al ir examinando minuciosamente la correspondencia diplomática que, día a día, durante los prolegómenos de la Primera Guerra de Religión en Francia, se despacha en la Embajada de España en la Corte de Catalina de Medici con destino a Madrid, creo haber ahondado en la comprensión de cómo Felipe II va siendo inducido por su embajador a abandonar el papel de defensor de la Paz entre los Príncipes cristianos, ventajosamente lograda en Cateau-Cambresis, y a ser actor principal en el estallido de las nuevas guerras de religión europeas.
EL BIBLIOTECARIO: A la historia de Felipe II, pues. ¿O a la de la Contrarreforma, en general?, ¿...o a la de la Diplomacia española?
EL AUTOR: No sé. Tenga en cuenta que, al desmenuzar cómo evolucionaron los acontecimientos en Francia entre agosto de 1559 y junio de 1562, , mes tras mes o semana tras semana, yo sólo pretendo hacerlo desde el particular punto de vista del embajador Perrenot, o, mejor dicho, desde el punto de vista con que Perrenot presenta a su rey los "hechos" que le comunica. No soy un "Historiador", ni intento serlo, porque (y hablo ahora en términos generales) no creo en la existencia de realidades "objetivas", reconstruibles a partir de lo documentado. Lo que "fue" no está constituido por "hechos" que sean, de por sí, significativos. El "significado" se lo dan los relatos en que los detalles documentados vienen a ser integrados.Y es preciso tener bien presente que todo relato es una narración, una ordenación creada por alguien y para algo. El caos de los hechos que se dieron en un determinado espacio temporal requiere la criba y la articulación de una mente interpretativa y expositiva para que cobre sentido.
Además, en este caso particular, mi exposición o glosa de la historia que el embajador Thomas Perrenot de Granvelle, Señor de Chantonnay, va combinando con el fin de inducir a Felipe II a intervenir militarmente en Francia, por más que ilumine (según creo) el proceso de cómo el "Rey Prudente" dejó de serlo, está en mi libro tan sólo al servicio de mi inquisición policíaca sobre qué diablos dice la anómala carta cifrada del 28 de mayo con postdata de 6 de junio de 1562 firmada por el Embajador.
EL FILOLOGUILLO. Entiendo, por lo que nos declara, que en su libro se combinan el análisis textual y de las mentalidades, tanto del emisor del discurso como del receptor privilegiado del mismo, con una reconstrucción sui generis del tiempo histórico, realizados sobre el conjunto de los despachos del Embajador. Todo ello para comentar una sola de sus cartas, que considera aberrante. Pero, ¿vale la pena escribir todo un libro sobre el texto de una carta? ¿No es ello una exhibición de erudición descompensada?
EL AUTOR. El dedicar un libro a esa carta del 28 de mayo / 6 de junio de 1562 no tiene que ver con la reconstrucción de la mentalidad del embajador Chantonnay y con su opinión de que dos religiones que pretenden poseer la verdad no pueden coexistir, toda vez que, necesariamente, una ha de imponerse mediante el exterminio de los creyentes de la otra. Se debe a que, una vez puesto "en claro" lo que en esa carta va íntegramente cifrado (con la cifra secreta utilizada para comunicarse entre sí el Embajador y el Rey), la mayor parte de las líneas de la carta firmada por Perrenot resultan ser versos: un centón de versos. Mi primera intención fue estudiar exhaustivamente los temas del que llamé "Cancionero en cifra de Perrenot".
EL CRÍTICO LITERARIO. ¿De modo que el anómalo despacho diplomático es un "Cancionero"?, ¿Inédito?
EL AUTOR: Inédito, desde luego, aunque vengo anticipando, desde hace tiempo, noticia de algunos de sus textos. Pero el llamarlo "Cancionero" es invención mía, una apelación un tanto forzada. El Cancionero, propiamente, lo compongo yo en mi libro.
EL CRÍTICO LITERARIO. No comprendo.
EL AUTOR: Es que la mayor parte de las "citas" de textos poéticos que incluye la carta no proporcionan una copia completa del poema en cuestión. Se limitan a sugerir al receptor de la carta el texto mediante la inclusión de más o menos versos. Soy yo el que, sobre cada uno de los poemas, aporto cuanto se sabe de cada uno de ellos, incluidas las diversas versiones conocidas, así como sus músicas.
EL CRÍTICO LITERARIO. Entonces el interés literario de la carta es muy limitado.
EL AUTOR. Todo lo contrario. Por lo pronto, las citas muestran que el que escribió la carta en 1526 no recurrió a ninguna de las versiones llegadas a nosotros por uno u otro camino, ya que lo citado difiere de ellas en forma tal que denota la intervención de la memoria en la trasmisión de los poemas. Además, en múltiples casos, el testimonio de la carta poética antedata a la restante documentación conocida del tema. Hay, entre los textos citados varios romances y canciones que sólo nos eran antes conocidos gracias a la tradición oral de los siglos XIX y XX.
EL CRÍTICO LITERARIO. ¿A qué tipología corresponden los textos citados?
EL AUTOR. Muy variada. Ante todo hay que separar unos pocos poemas en metros italianos. Dos de ellos de autor famoso: la dedicatoria o envío de la Égloga IIIª de Garcilaso a doña María Osorio de Pimentel y el soneto de Boscán. Quien dice que la ausencia causa olvido. La dedicatoria garcilasiana se incluye en la carta del Embajador malamente arreglada, para dirigirla a una dama anónima. Hay además unas octavas reales (Acepto, mi señora, yo te sea) cuyo autor, identificándose como un español, ofrece su servicio amoroso a una dama francesa ("aunque soy de nación y lengua estraña... de tu patria no hay quién más dessee servirte como yo, que soy de España"). Quizá al mismo autor haya que atribuir un poema cancioneril: Mete las armas, traidora. En cambio, es reproducción de un poema conocido el romance trovadoresco Descúbrase el pensamiento. Estos poemas amorosos se cifran completos, en contraste con la mayoría de las composiciones poéticas que van formando la carta y que son mucho más curiosas.
EL CRÍTICO LITERARIO: Si he comprendido bien sus varias respuestas, son, pues, esas otras poesías que se citan incompletas las que han atraído su interés y su labor de comentarista o antologista.
EL AUTOR: Correcto. Los romances y canciones de trasmisión oral son los que tienen más interés para la historia literaria.
EL FOLCLORISTA COMPARATISTA: No me sorprende. La tradición oral nos pone en contacto con los valores más universales del patrimonio cultural de los diversos pueblos que componen la Humanidad. Al fin y al cabo, la escritura aisla más que la diversidad de las lenguas habladas.
AUTOR: En el caso presente, lo transmitido por tradición oral pertenece a un acervo literario de lo más vario. Los dos textos más sorprendentes, en que las citas de la carta antedatan en siglos a la documentación que de unos determinados poemas poseíamos, son los romances que identifico como El infante parricida y Urgel y Roldán. Uno y otro sólo nos eran conocidos, hasta su hallazgo en la carta de Perrenot, gracias a la tradición oral de los siglos XIX-XX. Y no pueden ser literariamente más diversos.
EL MEDIEVALISTA: Explíquese.
EL AUTOR: El romance de El infante parricida, hasta la cita de nuestra carta poética sólo conocido en la tradición de los judíos sefardíes de Marruecos, responde a una concepción mítica de la relación entre el poder humano y el inmisericorde orden divino que gobierna la Naturaleza. En cambio, el romance de Urgel y Roldán (en que el héroe es Ogier), sólo documentado, hasta la carta de 1562, en la tradición oral de los gitanos de la Baja Andalucía y de los judíos sefardíes de Sarajevo y de Salónica, es heredero de la desmesura épica característica de la epopeya carolingia e ilustra el trasvase de un episodio narrativo particular desde la literatura francesa a la española mediante reelaboraciones varias, escritas y orales, en los géneros interconexionados de la épica y del romancero
EL CRÍTICO LITERARIO: La tipología de los textos tradicionales es, según veo, muy variada. ¿No?
EL AUTOR: Si, hay once romances: unos, de tema clásico; otros, sobre héroes de la épica nacional o sobre héroes carolingios (el de Ogier); los hay noticieros, de los de tiempo de los Reyes Católicos, bien acerca de la Guerra de Granada, bien sobre la "frontera" franco-española (A las armas, moriscote), y hasta uno de tema mítico, como ya he dicho. Cuatro textos “canallescos”. Siete cancioncillas de muy distinto carácter; más una canción-juego. Esta variedad no es algo extraordinario en los Cancioneros; pero lo sorprendente es cómo figuran en la carta.
EL CRÍTICO LITERARIO: ¿Sorprendente?
EL AUTOR: Ciertamente. Es el hecho base de todos los misterios de la carta poética. Los múltiples versos que ocupan la mayor parte de ella no forman una antología de romances y cantares para que los lea y disfrute con ellos el destinatario, pues no se cifran completos ni en fragmentos que tengan autonomía literaria, sino que se hace referencia a los texto poéticos presuponiendo que el lector los conoce de antemano.
EL FILOLOGUILLO: Entiendo. Eso es lo que justifica su tratamiento desde una perspectiva filológica: la labor de reconstrucción textual de los poemas que usted realiza.
EL AUTOR: No, no, no. No considero que la Filología pueda identificarse con la "técnica" a la que alude el Diccionario académico como segunda acepción del vocablo. La Filología no debe restringirse a la "reconstrucción" de los textos, a la restauración de los arquetipos de las obras corrompidas en su transmisión. Ése es sólo un oficio entre otros muchos que ha de usar la "ciencia" que el Diccionario define, de forma aproximada, en la primera acepción del vocablo. Un filólogo debe acercarse a los textos desde todas las perspectivas necesarias o convenientes para su plena comprensión. Por eso hablaba, en un principio, de la variedad de caminos inquisitoriales que las distintas Partes de este libro siguen...
EL CRÍTICO LITERARIO: Me quedé con la curiosidad de saber a qué se refiere al hablar de textos literarios "canallescos"; no he oído ese término.
EL AUTOR: En la carta hay alusiones a varios temas o canciones que reflejan el bajo mundo rufianesco y su jerga o germanía: Niguere de la niguere, Nacido nos ha un bailico, ¿Quién te me enojó, Ysabel?, ¿Habrá mangas para todas tres?; dejando aparte el picañesco "Ponme la mano aquí...que no perderás nada?
EL VIEJO PROGRE DE LA MOVIDA: Pero ¿cómo?, tío, ¡si eso es de la Chavela Vargas!.
EL AUTOR: Pues ya ves, hombre, también lo es de la Embajada de Felipe II en Francia.
EL FOLCLORISTA: Es que es una creación folclórica. Me consta que la canción ha sido recogida en Extremadura. La tengo inventariada en mi fichero temático.
EL AUTOR: Como nos explicó, hace algunos años, la propia Chavela, a mí y a mi hija Débora, lo que ella puso de suyo en la letra fue únicamente el nombre de Ma Corina, recordando a un personaje real de Cuba. En la carta del Embajador era una castiza Juana, más ajustada a la rima asonante.
EL CRÍTICO LITERARIO: Dice usted que la carta es de 1562 y cita Nacido nos ha un bailico...;pero ese tema ¿no lo tomó Quevedo de los Romances de germanía de Juan Hidalgo publicados con el famoso vocabulario de la jerga en 1604? Creo recordar que Hidalgo considera al romance de Perotudo, que es el del bailico o bailón toledano que usted nombraba, como el primero que se compuso en esa lengua de germanía, y que hacía referencia a un personaje de ese tiempo: "al ladrón que ahorcaron ahora".
EL AUTOR: Puede ser que el Perotudo fuera la primera exhibición del conocimiento del vocabulario germenesco por un "erudito" universitario; pero, desde luego, no es la fuente del romance-canción, pues ella está documentada mucho antes, con su famoso estribillo "La-rón". Es esa canción antigua la que, por vía oral, llegó a la Embajada filipina en Francia y a Quevedo...,y también a los judíos sefardíes de Marruecos, que aún la cantaban en el siglo XX. Ustedes, los historiadores de la Literatura letrada, no entienden la acronía de la literatura oral, que vive en la memoria de generaciones y generaciones, siempre actual.
EL SOCIOHISTORIADOR: No obstante, habrá que fechar en algún tiempo el origen de la lengua y literatura germanesca. ¿Acaso no responde a situaciones sociales datables en el tránsito del siglo XVI al XVII?
EL AUTOR: Cada tiempo introduce "variantes" en un fenómeno sociológico, sin duda. Pero, a menudo, y ése es aquí el caso, lo que parece propio de un tiempo viene de atrás, y ello se nos evidencia al aparecer, de pronto, un dato nuevo. El romance que comienza "En la ciudad de Toledo, / donde flor de bayles son", con su estribillo "De la ron, de la ron, ron ,ron", se nos documenta ininterrumpidamente desde el primer cuarto del siglo XVI. Ya entonces era parte de la poesía oral, tradicionalizada.
EL CRÍTICO LITERARIO: Yo creía que sólo el espíritu del barroco...
EL AUTOR: No hay que olvidar que, como ocurre en la carta poética del Embajador, Garcilaso y Boscán convivieron mucho tiempo con los gustos cancioneriles, sobrevivientes desde el siglo XV al XVII. Y no ya lo picaresco, sino lo procaz, lo guarro, lo canallesco siguió en ese largo tiempo ejerciendo atractivo. En esta particular esfera pueden surgir, ocasionalmente (como en otra cualquiera), obras "ejemplares". La pornográfica canción de las "mangas" y el "baldrés", que pretenden usar las tres mozas ("a falta de cuerpo de hombre", como nos aclaran las Coplas del Provincial) se recoge ya en el Cancionero musical de los Reyes Católicos. No pretendo que consideren esa canción una obra "maestra" en el ámbito de la literatura pornográfica como pueda ser La Lozana andaluza, pero es, sí, un ejemplo muy notable de lo que podemos considerar en el siglo XV producto canallesco de difusión cortesana.
EL FOLCLORISTA COMPARATISTA: Estás en lo cierto. La poesía oral, popular, no tiene tiempo..., ni espacio. Es universal , global. Responde a la esencial unidad de la Humanidad... Remonta, como si dijéramos, a los genes de Adán y Eva.
EL AUTOR: No es así como yo lo veo. En la expansión de productos sociales, no hay que confundir la falta de fronteras absolutas (de carácter temporal, geográfico, cultural o lingüístico) con la no existencia para cada uno de ellos de una historia concreta, particular. No, no es una cuestión de universales. No basta confrontar especímenes más o menos semejantes. Cada tema, cada texto, cada variante de un motivo tiene su historia, su particular trasmisión y expansión, aunque, de ordinario, sólo podamos reconstruirla parcialmente, y, en consecuencia, provisionalmente.
EL HISTORIADOR: Hablando de reconstrucciones históricas. Me interesa mucho esa supuesta reluctancia, que usted observa, de Felipe II a intervenir militarmente en favor de los católicos de París cuando el Príncipe de Condé y el Almirante Coligny dirigían desde Orleans la rebelión calvinista, y el papel de inductor de la Guerra de Religión que asigna al Embajador hijo del Canciller Granvela. ¿Es posible que el Rey de España, en la cumbre de su poder, no sepa bien cuál debe ser su política en tan crucial ocasión?
EL AUTOR. De la lectura de las cartas del embajador Chantonnay he sacado la impresión de que varios factores hacen a todo un Felipe II parcialmente incapaz de ser quien diseñe la estrategia en aquella coyuntura. Ante todo, el ritmo acelerado de los acontecimientos en el reino que regenta su suegra, que evoluciona día a día, en contraste con la tardanza de los correos, cuyo ir y venir lleva semanas, y de la maquinaria política de la administración filipina, que impide la consideración inmediata por el Rey de la información recibida y rertarda toda toma de decisiones.
EL HISTORIADOR: Tiene usted razón. Sabemos bien cómo funcionaba el correo oficial de la Casa de Austria entre Bruselas y Madrid y el recurso supletorio a los criados de mercaderes itinerantes, así como la función de la Secretaría de Gonzalo Pérez en Madrid y de los varios Consejos reales. Pero, ¿pudo la lentitud administrativa del Rey Prudente dejar en manos del Embajador la estrategia política?, y ¿no será anacrónico pensar que la situación política variaba de día en día en tiempos de la Contrarreforma?
EL AUTOR: Al menos, así lo sentía el Embajador, que, ante los prolongados silencios de su rey, duplicaba, triplicaba y aún cuadruplicaba una misma carta, pensando que no llegaban a su destino, interceptadas por los hugonotes que "habían hecho barra" a lo largo del Loire, y trataba de obtener la aquiescencia del Duque de Alba a su política. Porque, ante la pasividad de Felipe II, se arriesgó a preparar, en el telar político de Europa, la urdimbre de lo que había de ser una guerra civil con intervención militar extranjera.
EL HISTORIADOR: Me cuesta aceptar su afirmación de que un Felipe II vaya a remolque de uno de sus embajadores, por muy Granvela que fuera.
EL AUTOR: Es que el Rey, con su paradigmática prudencia, temía, con razón, romper el ventajoso statu quo de la paz de Cateau-Cambresis. No veía fácil tener que presentar, simultáneamente, ante la opinión universal, la guerra civil en Francia de dos formas incompatibles: De un lado, como una guerra de religión en que se jugaba el destino de la Iglesia Católica; de otro, como una insurrección de ambiciosos súbditos, que debieran someterse a la autoridad de su príncipe y señor natural, guerra en que los motivos religiosos invocados serían sólo una hipócrita cobertura. Para el consumo francés, la guerra antiherética constituye la razón indispensable para no provocar una reacción nacionalista ante la intervención de una potencia tradicionalmente enemiga como era España. En cambio, para evitar la intervención en paralelo, a favor de los "rebeldes", de la Reina de Inglaterra, de los Príncipes alemanes y de los Cantones suizos protestantes, era preciso hacerles ver el común interés de todos en que no se cuestionase el que cada Príncipe pudiese imponer su voluntad, incluso en materia de fe, a todos sus sujetos. Y lo más delicado para Felipe II era encontrarse en la tesitura de tener que combinar las dos políticas (la del contrarreformismo y la de la razón de Estado) cara a sus súbditos flamencos, a quienes, por entonces, carecía del poder necesario para hacer cumplir sus órdenes, como bien sabía Perrenot a través de su hermano el Cardenal Granvela. Para colmo, Felipe II tenía, ya entonces, a sus espaldas el problema de la salud física y mental de su heredero, el Príncipe Carlos, del cual se sabía mortalmente odiado.
EL HISTORIADOR: Pero, ¿cree usted que un Embajador tenía suficiente autoridad para ir por delante de su rey en trazar la urdimbre de la política en Francia, e indirectamente en la Europa cristiana?
EL AUTOR. Autoridad no, ciertamente. Al principio de la estancia de Perrenot en Francia, Felipe II, directamente, con muy pulidas formas, y más claramente a través de un mensaje amigo de Gonzalo Pérez, le llamó la atención respecto a su blandura al juzgar la política de tolerancia de la Corte francesa respecto a la práctica privada de la nueva religión y, muy especialmente, acerca de la poca simpatía que despertaban en el Embajador los Guisa. Y Perrenot se esforzó, de inmediato, en transmitir a la Reina madre las exigencias de su yerno en materia religiosa y en ponerse a bien con el Cardenal y el Duque de Guisa.
EL HISTORIADOR: ¿Entonces?
EL AUTOR: Sin embargo, más adelante, fue él quien llegó antes a la conclusión de que había que acabar de inmediato con el Calvinismo en Francia o, si no, el Catolicismo romano era, en Europa, causa perdida. Y, por ello, convertido al fundamentalismo religioso, fue atrayendo, capciosa y sutilmente, al Rey al convencimiento de que los medianeros (los "moyonneurs"), los tolerantes, como eran Catalina de Medici, la propia madre de la reina de España, y el Canciller de l'Hôpital, que buscaban la paz del reino mediante un acuerdo con los Príncipes de sangre real hugonotes, constituían los principales enemigos. Lo más interesante de las plúmbeas cartas de Perrenot son, precisamente, no los "hechos" de que"informa", sino su dialéctica, que es una muestra ejemplar de pensamiento "ortodoxo", esto es, del que, en cualquier tiempo histórico, tiene todo comulgante en una creencia "verdadera".
EL CRÍTICO LITERARIO: ¿Y qué importa todo eso para comentar unos textos poéticos como los que antes citaba? Pienso que se deja usted llevar por la curiosidad de forma inconsecuente. Una obra crítica tiene que responder a un diseño preconcebido. Tiene que tener unidad genérica, como las propias obras de creación. No vale hablar "De esto y aquello", como pretendió Unamuno, y fracasó en todos los campos en que metió cuchara, no siendo ni un Filósofo, ni un Historiador, ni un Poeta, ni un Novelista, ni un Dramaturgo, ni un Ensayista, ni "Nada menos que todo un Hombre". Es curioso observar que los críticos o historiadores de cada una de estas áreas, no le toman en serio en ellas y pretenden respetar su excelencia en otra cualquiera.
EL AUTOR: Le confieso que, para mí, lo mejor de Unamuno son esos escritos sin un claro propósito, aquellos en que va hilando un discurso que se gobierna aparentemente por sí mismo. Pero dejemos a "don Miguel", pues me acusará usted de lo que ahora acaba usted de hacer: salirse por peteneras...
EL CRÍTICO LITERARIO: Merezco el sermón. Pero no retiro mi pregunta crítica respecto a la estructura de su libro.
EL AUTOR: No me voy a defender entrando al trapo de su crítica a Unamuno, ni tampoco con la muleta de que soy medievalista y sigo modelos medievales de libro, en que la unidad que usted reclama brilla por su ausencia. La pertinencia, para entender la "carta poética", del estudio conjunto de la correspondencia diplomática del Embajador con su rey estriba en que la "carta poética", en sí misma, no se explica, y en que, formalmente, es idéntica a las demás cartas cifradas del Embajador.
EL SOCIOHISTORIADOR: Por mi parte, acepto que el estudio del discurso de Perrenot en sus despachos políticos y el de los textos poéticos de la carta de 28 de mayo y 6 de junio de 1562 constituye un tema coherente, pese a la diversidad genérica de los textos. No obstante, las observaciones que usted nos va transmitiendo acerca de unos y otros no veo que perfilen un tratamiento conjunto de la mentalidad que hay tras ambos.
EL AUTOR: Es que en la propia carta cifrada plagada de versos se advierte, de entrada, su singularidad, diciendo que es "cifra perdida", que "no vale nada", dirigiéndose a los que, habiendo interceptado en el camino el despacho, tratan de romper la cifra: "No se rompan la cabeza", les aconseja. ¿Le creemos? Es preciso leer cuidadosamente cada línea de la carta a la luz de la circunstancia en que se escribe, tal como la vivía el Embajador, para decantarse en la contestación. Además, no todo son versos en la "carta poética". Hay, empanados entre ellos, trechos en prosa. Unos parecen insulsos comentarios de los versos; otros están escritos en una extraña jerga que suena, a veces, como francés macarrónico. ¿Encierran los propios versos o, al menos, esos pasajes información diplomática? Antes de teorizar, hay que hacerse preguntas.
EL SOCIOHISTORIADOR: ¿Y cómo las contesta?
EL AUTOR: Lo malo es que, si no se me escandalizan ustedes, les diré que las contesto mediante la apertura de otros interrogantes.
EL HISTORIADOR: Me temo que es usted una especie de sofista...
EL AUTOR: No. Me impone el hacerlo la más estricta aplicación de la Ciencia filológica, que cultivo lo más racionalmente que puedo. Soy, intrínsecamente, un positivista..., aunque confieso que me divierten las limitaciones del saber.
EL SOCIOHISTORIADOR: Explíquese. ¿Por qué para contestar una pregunta se hace otra pregunta?
EL AUTOR: Le pongo un ejemplo: El contenido de la carta en "cifra perdida" firmada por el Embajador ¿lo escribió el Embajador antes de ser cifrado? Imagínese que contesto: No. Todas las cuestiones que previamente venía intentando contestar quedan tocadas por la respuesta a esta nueva. ¡Chúpese esta mandarina!
EL FILOLOGUILLO: ¿En qué se basa para decir "No"?
EL AUTOR: Lee el libro, amigo. Que no te lo voy a servir aquí digerido. En este país, a los universitarios, desde que os habéis pegado a la pantalla de Internet, os cuesta leer. Por eso no sabéis escribir sino con pedantes muletillas y exhibiendo un vocabulario técnico malaprendido de vuestros profesores, a quienes tampoco les va eso de leer, que es cosa de "casposos".
Básteme aquí con observar que Thomás Perrenot, Señor de Chantonnay, cuando no tenía a su lado a los servidores que le solían escribir sus despachos en español, se disculpaba ante Felipe II por tener que hacerlo en francés. ¿Cabe atribuirle el recuerdo memorizado de los múltiples romances y canciones que se citan parcialmente en la carta del 28 de mayo / 6 de junio de 1562?
EL LECTOR DE NOVELAS POLICÍACAS: Entonces, la firma de Perrenot en la extraña carta ¿es una falsificación?
EL AUTOR: En modo alguno. La despedida y la firma son ológrafas, con toda seguridad. Aunque el texto precedente no sea de su mano, ello es lo normal en las cartas del Embajador escritas a su rey.
EL LECTOR DE NOVELAS POLICÍACAS: ¿Inclusive en las escritas en cifra secreta?
EL AUTOR: Da lo mismo que estén totalmente en claro, en claro con trechos en cifra, o sólo en cifra (salvo el enderezo inicial y la despedida, al final).
EL LECTOR DE NOVELAS POLICÍACAS: Yo creía que la clave de la cifra sólo sería conocida del Embajador y del Rey...¿No era un peligro que la manejaran otros?
EL AUTOR: Quizá en Madrid, aparte del Secretario de Estado Gonzalo Pérez, encargado del trámite de las relaciones con Francia, no hubiera muchos que la dominaran (el propio Felipe II necesitaba que Gonzalo Pérez le pusiera en claro lo cifrado); pero, en la Embajada, sabemos que Perrenot contaba con varios escribientes que conocían la cifra. En la correspondencia se percibe una pluralidad de "manos" cifradoras.
EL LECTOR DE NOVELAS POLICÍACAS: ¿Y no sería más lógico pensar que los individuos de cuya mano son los cifrados fueran copistas que pasaban a limpio, sin comprenderlo, lo escrito en cifra por el Embajador?
EL AUTOR: No. Cada escribiente en cifra cifra con peculiaridades propias. Es él, con toda seguridad, el encargado de cifrar el texto del despacho, previamente redactado en español, que está escribiendo. Por lo común, cuando el Embajador tiene a su servicio un Secretario de cartas españolas procedente de España, las cartas las escribe y cifra ese Secretario, cuyo nombre conocemos; sólo en periodos en que está vacante ese cargo echa mano de un interino anónimo, que, aunque escribe y cifra en español, denota su origen francés. Pero, en ocasiones, el Secretario de cartas españolas cuenta con otra "mano" auxiliar española.
EL LECTOR DE NOVELAS POLICÍACAS: Y, ¿ha podido identificar al escribiente cifrador de la carta poética?
EL AUTOR: Sí. No es ninguno de los dos Secretarios de cartas españolas cuyos nombres conocemos., Ni Francisco de Figueroa, el gran poeta, que fue el primer Secretario (desde el 17 de enero de 1560 hasta el 26 de junio de 1561), ni Miguel Bellido, en cuyo tiempo (entre el 12 de octubre de 1561 y el 24 de febrero de 1564) se escribió la carta. Tampoco es el Secretario francés interino. Es un "auxiliar" español de Bellido, del que conozco todas sus ocasionales intervenciones en la correspondencia de Perrenot.
EL HISTORIADOR: ¿No hay duda en la atribución de la carta a ese personaje anónimo?
EL AUTOR: Las peculiaridades de su pronunciación y ortografía del español, sus hábitos de cifrado y ciertos rasgos gráficos, tanto en lo escrito en claro como en lo escrito en cifra, son concluyentes. El estudio de todas las "manos", escribientes y cifradoras, de que se valió el Señor de Chantonnay, constituye la 3ª Parte de mi libro.
EL CRÍTICO LITERARIO: De modo que ¿ése es el anónimo "autor" o compilador del centón de textos poéticos que usted denomina "Cancionero de Perrenot"?, ¿Es ése, pues, el español que corteja a una dama francesa con los versos de Garcilaso y con los que comienzan "Acepto yo, señora, de ti sea..."?
EL AUTOR: La cosa no es tan simple, pues es norma de las cartas de Perrenot el que los escribientes cifradores cifren un texto en claro, redactado ya en español, que el Embajador les proporciona. Y, si no sabemos cómo y por quién fue redactado ese original en el caso de las cartas normales, menos podemos intuirlo en esta carta en "cifra perdida".
Como pueden ver, las muy diversas partes del libro, por muy heterogéneas que resulten, responden a las exigencias de una "Ciencia" filológica sin amputaciones. El caos y el orden se abrazan hermanados.
EL PELOTA: Es que usted, maestro, es la Filología en persona.
EL AUTOR (alisándose las plumas): Ya hubiera querido serlo. En tal caso la "quête" filológica no habría quedado inconclusa. Habría sacado a la luz al culpable de la maldita carta y descubierto sus designios. Ante mi fracaso, serán otros los que, algún día, den final a la "verdadera historia", de la cual ahora ofrezco yo sólo una "Primera parte". Anímense, que yo no soy ningún Cervantes de Saavedra, y no les ocurrirá conmigo como al pobre Avellaneda al intentar continuar el Quijote.
EL PELOTA: Maestro, no pretenda que compartamos su labor. Cuando usted escribe como filólogo, es mucho más que un investigador, es la misma "Casa Menéndez Pidal" en persona viva y, como dicen las Partidas, "ni admite compañero ni lo ha menester". .. Sé que no caerá usted en la rusticidad de pensar que le estoy haciendo la pelota...
EL AUTOR (en un aparte): ¿Qué pretende éste majadero?
EL PELOTA: Perdone, no le he oído bien. Digo que, en la vida, hay que saber estar. Cosa difícil. Pero la cual es preciso intentar, al menos. Y, por lo que a mí toca, pienso que los carismas no se comparten y que sería una insolencia por parte de cualquiera de nosotros, sus discípulos, intentar equipararnos a usted. Quiero creer que usted ve en mi un colaborador leal y, algún día que otro, no demasiado tonto...
EL AUTOR: No, amigo mío, yo no soy "maestro" de nadie. No reconozco a nadie como discípulo mío. Me repugna el proselitismo. No soy un cristiano de la Ciencia filológica... Como los beduinos, siembro de paso y levanto mi tienda...

Diego Catalán

Imagen: Carta de Felipe II 


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