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En defensa del Olivar de Chamartín

CARTA DE ODILE CISNEROS ARANSAY

CARTA DE ODILE CISNEROS ARANSAY

Estimado Sr./Sra.:

Como “Amigo del Olivar de Chamartín”, me dirijo a usted, responsable de la protección del Patrimonio Cultural, Histórico y Natural, con el fin de solicitar que sea concedida al “Olivar de Chamartín” la categoría de Bien de Interés Cultural, por su inmenso valor histórico y ecológico.
Este asunto es de importancia personal para mí: soy nieta del Dr. Luis Aransay Álvaro, médico español que desempeñó cargos políticos en la República y que después de la guerra se exilió en México. La memoria de esa
generación debe ser preservada a través de iniciativas como ésta.
Atentamente,

Odile Cisneros Aransay

Odile Cisneros
Assistant Professor of Spanish, Portuguese, and Latin American Studies
Department of Modern Languages and Cultural Studies Arts 218-C
University of Alberta
Edmonton, AB, Canada, T6G 2E6
Email: cisneros@ualberta.ca

CARTA DE CARLOS SÁEZ

CARTA DE  CARLOS SÁEZ

Estimados amigos:
No sé realmente a quien escribo pero quiero comentaros alguna cosa más sobre mi relación con el Olivar. Dos de mis tías han sido desde hace mas de 50 años las propietarias de las parcelas que dan a Padre Damián, un camino de tierra cuando yo era pequeño (muy ancho, eso si). Alli se contruyó primero un chalé en el que pase´muchas tardes jugando con mis primos.
Recuerdo el olivar desde entonces, por los años 50 (nací en el 53), y recuerdo a personas inglesas que alquilaban la casa más cercana con las que hablábamos en ocasiones pues era frecuente que subiéramos en nuestros juegos al Olivar. También recuerdo a Don Dámaso y a doña Jimena, a ésta debido a que mis primos, algunos aún viven en las parcelas de las que hablo, fueron todos al colegio Estudio. Y también las ovejas que venían de Plaza Castilla y doblaban a la izquierda por la actual Alberto Alcocer.
Con el tiempo se construyó la Torre Paz, en la esquina Padre Damián-Alberto Alcocer, en un terreno que llamábamos la huerta pués en él debía haber algunos frutales.Luego cayó el chalé, después de algún que otro problema familiar, y se construyó el bloque que da a Padre Damián. El jardín interior que ha quedado es pequeño pero suficiente para lo que es hoy Madrid. Después asistimos a la construcción, con delitos urbanísticos incluidos, de varios bloques más en especial en Henry Dunant y parece necesario moverse para parar de raiz este proceso. Por todo ello estoy especialmente interesado en que el Olivar sobreviva tal como está hoy.
Otra cosa: también conozco a Miguel Angel Coso y a Juan Ballesteros (a los que habría que añadir a Mercedes Higuera, una chica que formaba su equipo que eligió más tarde la vida religiosa). Fueron alumnos míos en la Universidad de Alcalá, aunque solo acabó la carrera Mercedes. Y fui yo el que les ayudó a transcribir el contrato fundacional del corral de comedias de Alcalá, que ellos habían hallado en el archivo municipal y que luego fue editado, en mi opinión bastante mal, por John Varey.
Bueno, podría seguir contando anécdotas y otros detalles, pero creo que por el momento es suficiente.
Cordiales saludos a todos.

Carlos Sáez
Catedrático de Universidad
Editor de "Signo. Revista de Historia de la Cultura Escrita"
Universidad de Alcalá.

Estudio Propio: 2º Experto en Escrituras Antiguas - 2005
http://www2.uah.es/historia1/Experto/default.htm
Proyecto Regestalia
http://www2.uah.es/historia1/Regestos/default.htm

Para leer el resto de las cartas de quienes nos han dado permiso para publicarlas: "Cartas de los Amigos del Olivar de Chamartín "

FUNDACIÓN MENENDEZ PIDAL 1985-2005

FUNDACIÓN MENENDEZ PIDAL  1985-2005

En este año 2005 se cumplirán veinte desde que la reina doña Sofía, rodeada de las más altas personalidades de la cultura y con gran resonancia en la prensa de entonces (noviembre de 1985), “inauguró la sede la Fundación Menéndez Pidal en la misma casa donde vivió y trabajó don Ramón hasta su muerte, situada en El Olivar de Chamartín. Jimena Menéndez Pidal entregó a la reina una rama de olivo y un ejemplar de la primera edición de Los españoles en la historia… Doña Jimena interpretaba así, de manera exquisita, lo que hubiera hecho su padre” (Ya, 11-IX-1985).

La Fundación Ramón Menéndez Pidal, gracias al mecenazgo de de la Fundación Ramón Areces, ha hecho honor a los propósitos fundacionales, elaborando y publicando desde entonces treinta volúmenes sobre Historia y Filología, siendo el último de sus títulos la magna Historia de la lengua española de Ramón Menéndez Pidal que, como expone su reconstructor, constituye “una catedral para una lengua” en el año de El Quijote, la cual está a punto de salir a la luz con el patrocinio de la Real Academia Española (distribuida por Marcial Pons).

Sería una triste paradoja que en este año se iniciara el desmantelamiento de “los últimos olivos madrileños”, que (como destacó El País en un titular, 12-IX-85) seguían entonces (y aún siguen hoy) “adornando la casa de Menéndez Pidal” y la de Castillejo en el centenario Olivar de Chamartín.

CONTESTACIÓN DEL PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL A JON JUARISTI

Jon: No sé si tu escrito acerca del “Olivar de Chamartín” es en su defensa como Bien de Interés Cultural o una necrología.
Si se trata de lo primero y responde a un propósito serio, lo que se precisa es menos retórica y más hechos. Es lo que los ciudadanos esperamos de los políticos, que para eso estáis ahí.
Si es una necrología, no me trates de convencer de que la Comunidad de Madrid no tiene dinero para salvar ese patrimonio en que la naturaleza, la arquitectura, la memoria histórico-cultural y unos Archivos insustituibles y únicos en el mundo se combinan para merecer el nombre de Bien de Interés Cultural.


Diego Catalán
Presidente de la Fundación Ramón Menéndez Pidal

Foto de David Seymour:1937. Una experta de la Junta Delegada del Tesoro Artístico cataloga un cuadro antes de almacenarlo.

OLIVAR

Autor: JON JUARISTI
(ABC, 5 de junio de 2005)

La del nacionalismo jamás ha sido en España una pasión honda y ampliamente sentida. La tipología de los nacionalistas no es muy variada: en un extremo, publicistas cursis; en el otro, asesinos en serie y, en la curva de la campana de Gauss, sus amedrentadas clientelas. No abundan entre ellos los versados en las verdaderas tradiciones de las grandes o pequeñas patrias, porque su misión es desembarazarse de ellas cuanto antes y sustituirlas por trivialidades intercambiables. Y no es que toda tradición, por el hecho de serlo, merezca ser conservada, pero, al menos, convendría describirlas y archivarlas antes de su definitiva entrega al olvido.
Los grandes estudiosos de las tradiciones de España no fueron nacionalistas. En el XIX, abundaron en el gremio los tradicionalistas (Milá y Fontanals, Menénde Pelayo, Juan Menéndez Pidal, Antoni Alcover, Joan Amades, Resurrección María de Azkue, etc.), aunque también estuvo en primera fila algún raro federal como Antonio Machado Álvarez. La tendencia ideológica mayoritaria en el grupo no le granjeó simpatías entre los intelectuales de filiación liberal hasta que los del noventa y ocho, éstos sí, propensos al nacionalismo adolorido, se aprovecharon de su legado para hacer literatura, y sólo en literatura habría quedado aquél sin la irrupción de un joven maestro que renovó la teoría y sistematizó la práctica de la investigación en este campo. La figura de Ramón Menéndez Pidal, que, sin demasiada exactitud, se definió él mismo en alguna ocasión como «uno del noventa y ocho», encabezó las iniciativas fundamentales de la cultura española durante casi tres cuartos del siglo XX, no sólo en el ámbito de la lingüística, la historia literaria y la historiografía, sino también en el de la literatura de creación. Sin Menéndez Pidal no habríamos tenido un medievalismo digno de tal nombre, desconoceríamos o conoceríamos muy mal la historia de las lenguas peninsulares (no sólo la del español); las obras de Américo Castro (su secuaz díscolo) y, en buena parte, la de Ortega habrían resultado gravemente mermadas y, desde luego, la generación del veintisiete no habría dado sus extraordinarios frutos ni en la poesía ni en la crítica.
Menéndez Pidal no fue un nacionalista deprimido ni belicoso. No necesitó serlo: español y liberal de una pieza, hizo suya la ética del trabajo auspiciada por los institucionistas y no escogió mal sus modelos históricos (ante todo, Alfonso X, el rey Sabio, creador del primer laboratorio humanístico occidental, acorde con su proyecto de un Renacimiento en lengua vulgar que se adelantó en más de dos centurias a las versiones vernáculas europeas de la vuelta a los clásicos). Si su obra fue manipulada por un nacionalismo con vocación totalitaria, es asimismo innegable que constituyó una referencia primordial para la reconstrucción de una razón ilustrada, auténticamente nacional y democrática, durante los años del franquismo, más fecundos de lo que suele reconocerse gracias a esforzadas empresas individuales o familiares como la que don Ramón sostuvo a lo largo de tres décadas y que permitieron restablecer la continuidad con lo mejor de la cultura española anterior a la guerra civil.
Tras la muerte de Menéndez Pidal, su herencia intelectual se transformó en tradición creativa, como él quería, y no en mera escolástica para uso de epígonos. Su casa del Olivar de Chamartín, convertida en laboratorio humanístico de estilo alfonsí, acogió al menos dos generaciones, en sentido orteguiano, de aprendices de filólogos. No sólo de estudiantes de lengua y literatura española. Allí trabajamos codo con codo españoles, portugueses, franceses, serbios, japoneses, hispanoamericanos y norteamericanos y en sus seminarios se formaron los más reconocidos especialistas actuales en las literaturas tradicionales catalana, eusquérica y gallega. Hoy, el Olivar, escenario y memoria de la gran cultura liberal del siglo XX -de Menéndez Pidal, de Castillejo y la Junta de Ampliación de Estudios, de Dámaso Alonso, etc.- va a ser engullido por la especulación inmobiliaria. Su desvanecimiento junto con el recuerdo de quienes lo poblaron parece un preludio simbólico de la inminente desaparición de otras cosas más importantes, extensas y antiguas -y ya no hablo sólo de tradiciones- que tampoco hemos sabido defender. Cualquier día nos levantaremos todos nacionalistas (o sea, amnésicos y felices como escarabajos).

Jon Juaristi 

LA CIENCIA ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XIX Y XX (2)

LA CIENCIA ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XIX Y XX (2)

LA FIGURA DE JOSÉ CASTILLEJO

Las consecuencias de la guerra civil fueron muy nefastas para la ciencia española, y no sólo por la destrucción de laboratorios o, incluso, por el exilio de científicos relevantes, sino sobre todo por el espíritu revanchista de los vencedores, para quienes cualquier iniciativa que se hubiese puesto en marcha en la república, o en épocas anteriores, era perversa per se. Con ese espíritu revanchista pero, sobre todo, con la intención de eliminar la relativa autonomía de la JAE y supeditar la ciencia española a una ideología concreta y, en especial, al poder político establecido, se creó en 1940 el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Aunque las anécdotas no generalizan a la historia, cómo ya he comentado, sí creo, sin embargo, que son ilustrativas del espíritu que impregnaba la época y, por tanto, las instituciones que en ella se crearon.
Me gustaría por ello contar lo que le sucedió a José Castillejo, secretario de la JAE, y alma mater de la misma durante 27 años, pues su presidente, Santiago Ramón y Cajal, era en esa época demasiado mayor.
Castillejo estudió filosofía, derecho e historia y se doctoró en derecho y en historia. Amplió su formación con cursos de economía e historia en Alemania y fue catedrático de Derecho Romano en las universidades de Sevilla, Valladolid y Madrid. Como buen humanista, también estaba interesado en las ciencias, en especial por la zoología y la fisiología.
Su obsesión era abrir un país cerrado como España hacia el mundo, lo que le impulsó a crear la "Escuela Plurilingüe" en la que los alumnos recibían clases en distintos idiomas, dependiendo de la nacionalidad del profesor que impartiera la asignatura. Su intención era que los alumnos españoles pudieran realizar intercambios con los de otros países, pero el gobierno español no lo permitió. Esta escuela tuvo numerosos problemas con los distintos gobiernos de la época, entre otros motivos porque pretendía que la enseñanza religiosa estuviera al alcance de todos los alumnos pero que no fuera obligatoria. La escuela cerró en 1936 y en esa fecha contaba con 200 alumnos que hablaban inglés, alemán y francés además de latín. Entre los padres que apoyaban el proyecto pedagógico de Castillejo se encontraban Jorge Guillén, Pedro Salinas y Andrés Segovia.
Castillejo consiguió que salieran al extranjero los alumnos recién doctorados y fue el impulsor de una residencia de estudiantes al estilo inglés, en la que alumnos de diferentes carreras vivían juntos de forma que aprendieran unos de otros. La idea era que la formación cultural se prolongara más allá de las aulas. En esta residencia se alojaron como alumnos, entre otros, Lorca, Buñuel y Dalí; y como visitantes, Unamuno, Juan Negrín y Ortega y Gasset.
La ciencia española le deberá siempre a Castillejo ser, por ejemplo, el gran impulsor del Instituto Nacional de Física y Química, una institución que abrió sus puertas en 1932, gracias a las donaciones económicas de la Institución Rockefeller, la cual, tras largas negociaciones con el gobierno español, sufragó los gastos de la creación de un instituto de investigación dotado con los aparatos más avanzados de la época.
Castillejo, en vista de los escasos recursos que el gobierno español dedicaba a la investigación, decidió visitar en 1919 la sede de la Fundación Rockefeller en Nueva York. Era una institución creada en 1913 y que, por entonces, prácticamente sólo se ocupaba de temas biomédicos, a través de la International Health Board (IHB) y de impulsar la ciencia en los países poco desarrollados. Castillejo deseaba que la fundación estableciese en España un centro científico de laboratorios compuestos por médicos americanos y españoles.
En febrero de 1922, el director general de la IHB, Wickliffe Rose, visitó España para comprobar in situ cómo estaba la situación científica del país y si merecía la pena la donación económica necesaria para impulsar la ciencia o, por el contrario, si el nivel investigador era tan ínfimo, que esa ayuda no serviría para su propósito. De aquel viaje salió, por ejemplo, la posibilidad de que médicos españoles se formaran en la prestigiosa Escuela de Higiene del Hospital John Hopkins de Nueva York. Tras la visita, los estadounidenses concluyeron que no se veía claro que la inversión necesaria para costear un laboratorio de investigación en España tuviera los frutos deseados, dado el mínimo nivel científico del país.
En 1923 se creó la International Education Board, y Rose fue nombrado presidente. Castillejo no cejó en su intento de atraer para España esas inversiones para laboratorios científicos por lo que, valiéndose de su amistad con Rose, éste accedió a realizar una nueva visita a España y acompañado por Castillejo, se entrevistaron con el jefe de gobierno de entonces, el general Primo de Rivera.
El proyecto casi se suspende por la, nuevamente, miopía política de los gobiernos españoles. Así, en 1926 el gobierno decidió cambiar, repentinamente y sin ninguna justificación, el mecanismo de selección de los vocales de la JAE, de forma que se primaran más las creencias políticas y religiosas que los méritos científicos. Este cambio, según se desprende de las cartas de Castillejo a la Fundación Rockefeller archivadas en dicha fundación, "fue instigado por un grupo de jesuitas que tiene gran influencia en el ministro de Educación". (Sánchez Ron, 1999: 241)
En realidad, la modificación tenía como base el hecho de que el doctor Castillejo tenía fama en Madrid de ser anticlerical, lo que llevaba a que la JAE estuviera siendo vista como anticlerical. Un informe de la Fundación Rockefeller indicaba que, en general, los sacerdotes españoles no se oponen a las actividades científicas, aunque no están de acuerdo en que éstas sean dirigidas por anticlericales declarados.
La institución Rockefeller se alarmó ante la modificación propuesta por el gobierno y en 1927 reconocía que "el éxito del experimento" para implantar la ciencia en un país "científicamente retrasado" como España, estaba fuertemente hipotecado por esta nueva forma de nombrar a los miembros de la Junta.
Gracias a Castillejo, otra vez, pudieron limarse asperezas y el 6 de febrero de 1932, ya bajo el nuevo régimen de la II república, tuvo lugar la ceremonia de inauguración del nuevo Instituto Nacional de Física y Química, conocido también como Instituto Rockefeller, en un acto en el que estuvieron presentes entre otros, Pierre Weiss y Arnold Sommerfield. La nueva esperanza que se vislumbraba sobre la ciencia española fue truncada rápidamente por la guerra del 36.
Castillejo consiguió que, gracias a las donaciones de la fundación estadounidense, los científicos españoles estuvieran bien pagados. Sin embargo, según cuenta su esposa en su libro de memorias ’Respaldada por el viento’, Castillejo nunca permitió que le subieran su sueldo de secretario de la Junta, aunque se lo aumentaran al resto de los funcionarios.
En el Instituto Nacional de Física y Química trabajaban Blas Cabrera, que fue su director, y profesores como Moles o Catalán. Esos cuatro años entre 1932 y 1936 en que comenzó la guerra civil, "constituyeron el clímax de la física española en toda su historia" [...].
El estallido de la guerra civil, el 18 de julio de 1936, sorprendió a Castillejo en Ginebra. Al regresar a España le insinuaron que debía marcharse porque su nombre figuraba en varias listas negras, entre ellas en la de los anarquistas, en cuyo periódico, Claridad, se publicó su nombre como "una de las personas que había que liquidar". El ex secretario de la JAE envió a su familia a Gran Bretaña pero él quiso permanecer en Madrid.
La situación se complicó cuando se repartieron armas entre la población dando pie a innumerables venganzas personales "en nombre de España y de la libertad".
La venganza hacia Castillejo ha sido descrita, entre otros investigadores, por Carmela Merino. Ésta consistió en un bochornoso "paseo" que le hicieron dar a Castillejo, quien en 1936, ya no tenía poder sobre la JAE, pero que aún era considerado como el impulsor de la vinculación de la ciencia española con la del resto del mundo. Así, profesores que él conocía y a los que había ayudado se presentaron en su casa con fusiles y lo obligaron, entre insultos y abucheos, a caminar hasta el Centro de Estudios Históricos, para que entregara llaves y documentos, sobre los que ya no tenía poder. El acto de venganza pudo tener consecuencias dramáticas, de no ser por la intervención de algunos amigos de Castillejo, entre ellos, el ministro Barnés y Ramón Menéndez Pidal. Finalmente, el linchamiento se resolvió condenado a Castillejo al exilio a Londres.
Cuando llegó a la capital inglesa, en realidad sólo habían pasado doce días desde que su familia se había separado de él; sin embargo, el episodio del humillante "paseo" dejó una profunda huella en él, según relata su viuda en sus memorias [...].
Castillejo, cuya filosofía de vida, según él mismo confesaba, era el Derecho Romano, había contribuido de forma muy notable a la liberalización de las ideas, a la potenciación de la ciencia y de los científicos y a la reforma del sistema educativo español para que fuera más flexible e internacional:
"Si fuera necesario comprobar su inmensa influencia en la liberalización de las ideas en España, la prueba la facilitaría el propio Franco. Cuando éste pasó revista a la obra de los diversos profesores universitarios en el exilio, a fin de despojarlos del puesto vitalicio que tenían, Castillejo fue al que dieron de baja sin explicación alguna. ‘Siendo las razones tan evidentes para cualquiera’. ‘Para cualquiera menos para mí’, comentó José" (Claremont de Castillejo, 1995: 97).
José Castillejo murió en Londres, el 30 de mayo de 1945. Unos días antes escribió una charla que fue leída tras su fallecimiento por un locutor en la emisión española de la BBC. En este artículo, que tituló "Testamento espiritual" y que fue traducido y publicado por la revista Fortnightly Review, decía: "He hecho todo lo que he podido por España durante mi vida. Ahora cae la responsabilidad sobre otros más jóvenes que yo".

Carlos J. Elías, 2001.
Influencia de la historia de España (siglos XIX y XX) en el periodismo especializado en ciencia Revista Latina de Comunicación Social, número 39, de marzo de 2001, La Laguna (Tenerife)
Vía: http://www.ull.es/publicaciones/latina/2001/latina39mar/112elias4.htm

LA CIENCIA ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XIX Y XX (1)

LA CIENCIA ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XIX Y XX  (1)

El siglo XIX fue crucial en la historia de la ciencia, tal y como la conocemos en su concepción actual. En él se produjo la institucionalización de ésta en países como Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos. Esto quiere decir que la ciencia se configuró durante esa época en una actividad absolutamente profesionalizada. Los estados se dieron cuenta del enorme poder que almacenaba, en especial en áreas como la física o la química.
En este sentido, a lo largo del siglo XIX ésta llegó a adquirir una relevancia social y una inserción socioeconómica nunca antes alcanzado. Esta situación fue consecuencia de las investigaciones y los resultados obtenidos por científicos como Faraday, Carnot, Virchow, Helmholtz, Clausius, Kirchhoff, Bunsen, Liebig, Berzelius, Kekulé, Mendeleiev, Van´t Hoff, Pasteur, Maxwell, Kelvin, Hertz, Galois, Riemann, Mendel, Koch, Lyell o Darwin, entre otros. En España sólo tendremos un científico de la categoría de los anteriormente citados: Santiago Ramón y Cajal.
Sin ellos, la ciencia no hubiese adquirido el nivel que luego tuvo y que aún mantiene en la actualidad, aunque con matices. También es cierto que la mayoría de los países donde la ciencia floreció se beneficiaron de coyunturas económicas favorables: las posibilidades del nuevo Reich alemán en 1871 con Bismark a la cabeza, la capacidad industrial estadounidense y el comercio y, en definitiva, las posesiones de Francia y Gran Bretaña.
En España, por el contrario, el siglo XIX fue uno de los más inestables y convulsos de su historia. La situación fue tal, que muchos atribuyen el desenlace final de la guerra civil del 36 a los conflictos surgidos y gestados durante el XIX [...].
El final de la guerra de la independencia no significó que se retornara a la situación de la Ilustración, aunque en el primer periodo absolutista de Fernando VII se pensase en restaurar algunas de las instituciones de la época de Carlos IV. La sublevación de Riego, el trienio liberal, el regreso al poder de Fernando VII, las guerras carlistas y las continuas crisis de gobierno explican que hasta pasada la mitad del siglo, ya en el reinado de Isabel II, no comenzase a mejorar la situación, sino todo lo contrario. Mientras, países como Alemania, Francia, Estados Unidos o Gran Bretaña gozaban de una prosperidad envidiable y, a todas luces, habían arrebatado a España el papel de nación poderosa y hegemónica. Era una situación de la que, como se ha mencionado, no se supo aprovechar para el florecimiento de la ciencia española mientras duró. Si cuando las condiciones eran favorables, la ciencia no se desarrolló, era obvio que en condiciones adversas y con el tradicional "espíritu anticientífico" español, la situación no iba a mejorar [...].
Sin embargo, una luz de esperanza se abría en la España del XIX con la creación de la Institución Libre de Enseñanza (1875), una institución en la que el estudio y la divulgación de la ciencia tenía un papel primordial como demuestra el punto primero de sus bases generales en el que se señala que "su objetivo es fundar una Institución Libre consagrada al cultivo y propagación de la ciencia en sus diversos órdenes" [...].
Respecto al balance final de los logros de la ciencia española en el siglo XIX puede afirmarse que, mientras las ciencias naturales prosperaron, como consecuencia, entre otros motivos, de la tradición de las facultades de medicina y de los colegios de cirugía; la física, la química y las matemáticas sufrieron un importante retroceso no sólo respecto al siglo XVIII sino, sobre todo, con relación al progreso que de estas disciplinas se llevó a cabo en países como los europeos, incluyendo Rusia y Estados Unidos. Una de las posibles causas que expliquen esta circunstancia podría encontrarse en el hecho de la muy deficiente industrialización española de la época. Fue una pena, porque fue en el siglo XIX cuando se institucionalizó la ciencia y cuando el tren que la lleva a cuestas cogió un impulso tal, que ahora, obviamente, resulta imposible alcanzarlo [...].
Para la historia de la ciencia española, el siglo XX comenzó en 1907 con la creación de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, conocida como la JAE. La iniciativa partió del Ministerio de Instrucción Pública, que se constituyó en 1900. Es decir, que hasta esa fecha en España no hubo un ministerio dedicado a la educación.
La JAE se creó como una institución autónoma, aunque dependiente del Ministerio de Fomento, dedicada a la promoción de la investigación científica e inspirada en la ideología que caracterizaba la Institución Libre de Enseñanza.
De hecho, el investigador Vicente Cacho ha definido la JAE como "un fruto, un logro tardío, de la Institución Libre de Enseñanza". Señala que las evidencias a favor de las conexiones entre ambas instituciones son muy abundantes pues en la creación de la Junta se encuentran redes en las que no es difícil identificar nombres vinculados a la institución, entre ellos el del propio Francisco Giner de los Ríos.
El primer presidente de la JAE sería Santiago Ramón y Cajal, quien ostentaría ese cargo hasta su muerte en 1934. En esta institución investigaron los mejores cerebros españoles de la época, entre otros, Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, Miguel Catalán, Enrique Moles, Julio Rey Pastor, Nicolás Achúcarro, Pío del Río Ortega, Juan Negrín, Gonzalo Rodríguez Lafora, Antonio de Zulueta, Eduardo Hernández Pacheco, Julio Palacios, Arturo Duperier, Manuel Martínez Risco, Antonio Medinaveita y jóvenes como Francisco Grande Covián, Severo Ochoa o Luis Santaló, que terminaron tras la guerra civil por contribuir de forma destacada en el desarrollo de la bioquímica estadounidense [...].
Uno de los principales objetivos de la JAE era propiciar que los científicos españoles se trasladaran al extranjero para que aprendieran nuevas técnicas y para paliar el aislacionismo científico que tenía España y que provenía de la época de Felipe II. Para ellos se crearon las pensiones que corresponderían a lo que hoy denominamos becas y que serían tan famosas que algunos críticos se referían a la JAE como la "Junta de Pensiones".
A esta necesidad de que los científicos españoles salieran al exterior y que sus estudios pudieran ser sufragados por el estado se refiere de forma expresa el decreto fundacional de la JAE en el cual se señala:
"El pueblo que se aísla se estaciona y descompone. Por eso todos los países civilizados toman parte de este movimiento de relación científica internacional, incluyendo en el número de los que en ella han entrado, no sólo los pequeños estados europeos, sino hasta las naciones que parecen más apartada de la vida moderna, como China o la misma Turquía, cuya colonia de estudiantes en Alemania es cuatro veces mayor a la española, antepenúltima entre todas las europeas, ya que sólo son inferiores a ella en número Portugal y Montenegro".
Debe recordarse que en aquella época Alemania era el país cuya ciencia estaba más desarrollada y que, incluso, los Estados Unidos enviaba estudiantes al país germano que en el curso 1904-1905 llegó a contar con unos siete mil estudiantes extranjeros, de los que más de cuatro mil estaban matriculados de forma oficial en sus facultades universitarias.
Los legisladores liberales que crearon la JAE también incluyeron en su decreto de constitución:
"No olvida el ministro que suscribe que los pensionados necesitan a su regreso, un campo de trabajo y una atmósfera favorable... para esto es conveniente facilitarles, hasta donde sea posible, el ingreso al profesorado en los distintos niveles de enseñanza, previas garantías de competencia y vocación...".
En la memoria de la JAE correspondiente a los años 1914 y 1915 se lee:
"Se hace cada vez más importante la función de recoger a los pensionados que regresan del extranjero y ofrecerles medios de continuar en España sus trabajos. Y también la de evitar mediante modestos auxilios, que vayan precipitadamente a ganar su sustento, en ocupaciones extrañas a su vocación aquellos jóvenes, que por su cultura y sus dotes, pueden dar en otro lugar un mayor rendimiento al país".
Lo triste, a mi juicio, de leer el decreto de fundación de la JAE y su memoria correspondiente a unos años después, no es conocer que el nivel científico español estaba, a principios del siglo XX, por detrás del turco, sino sobre todo comprobar cómo casi 100 años después la ciencia española continúa teniendo los mismos problemas que entonces: la falta de becas y, en especial, de un sitio donde trabajar en el país una vez que sus investigadores se han formado fuera, como demuestra las numerosas manifestaciones de jóvenes científicos desarrolladas durante 1998.
Sin embargo, la política de las pensiones de la JAE dio el fruto esperado y gracias a ellas los científicos españoles pudieron codearse con sus colegas extranjeros y, sobre todo, alguno de ellos pudo volver a España y crear una escuela con discípulos más aventajados. Ante las interesantes perspectivas que se ofrecían, era obvio que la mala suerte llegó otra vez a la España científica, esta vez en forma de guerra civil, cuyas consecuencias fueron la deportación de la mayoría de esos científicos, acusándolos, cómo no, de anticlericales. Con todo, el principal problema que supuso la guerra civil fue la brusca interrupción de la dinámica de maestros y discípulos. Máxime en una disciplina como las ciencias experimentales en las que más que grandes hombres, se necesitan grandes equipos bien coordinados. No es como el arte o la literatura que pueden adquirir las máximas cotas apoyándose sólo en dos o tres genios [...]
 
Continúa en La ciencia española en los siglos XIX y XX (2) 
Carlos J. Elías, 2001.

Influencia de la historia de España (siglos XIX y XX) en el periodismo especializado en ciencia
Vía: Revista Latina de Comunicación Social , número 39, de marzo de 2001 , La Laguna (Tenerife):
 
 

HISTORIA DEL OLIVAR DE CHAMARTÍN I

HISTORIA DEL OLIVAR DE CHAMARTÍN  I

Por David Castillejo y Diego Catalán

Introducción

En los planos expuestos en el Metro de Madrid se distingue un espacio verde entre las calles Alberto Alcocer, Padre Damián, Menéndez Pidal y Henri Dunant, pero pocas personas sospecharán la importancia cultural que tiene para España esta zona de cien olivos centenarios (último reducto del gran olivar de Chamartín) donde se conserva un ambiente campestre, con árboles, aromas de campo –jara, romero y mejorana traídos de la sierra– y en que aún pasean y trabajan pensadores de diversa formación en un pequeño recinto de paz y calma, algo parecido a los mayores de Oxford y Cambridge.
Fue en este Olivar donde los pensadores del siglo XX idearon y llevaron a cabo la gran transformación y giro cultural de una España pobre y aislada a un estado moderno y próspero, abierto al mundo internacional. Y es aquí donde aún hoy se organizan importantes proyectos culturales. Este recinto privado y recogido guarda memoria de varias etapas históricas:

Primera etapa

La zona SO del gran “Olivar de Chamartín” se llamaba “Olivar del Balcón”, por situarse en lo alto de una colina que hasta los 1960 ofrecía una vista panorámica de todo Madrid y de los montes detrás de la villa. El ejército de Napoleón acampó en este olivar cuando, después de fracasar en Bailén, el Emperador dirigió la campaña contra Madrid; y desde aquí vigilaba la ciudad lejana, que sólo llegaba entonces hasta la Puerta de los Pozos (en la hoy Glorieta de Bilbao), la calle del Almirante y la ronda de Recoletos, quedando fuera el edificio de la Veterinaria (en el solar de la hoy Bibliotecas Nacional), según explica Galdós en su episodio nacional Napoleón en Chamartín. En el pueblo de Chamartín se hallaba, desde el s. XVI, la finca campestre del Príncipe de Melito y Marqués de Pastrana, en que los célebres arquitectos Agustín de Pedrosa y Juan de Herrera diseñaron unos hermosos jardines; allí el propio Napoleón vino a alojarse el 2 de diciembre de 1808 y expidió el famoso decreto de abolición de la Inquisición.

Segunda etapa. 1917-1936

En 1917, José Castillejo , Secretario administrador de la Junta para Ampliación de Estudios , compró el “Olivar del Balcón” que se encontraba aún en pleno campo, lejos de Madrid, que por entonces acababa en “El Hipódromo”, en donde luego se construyeron los “Nuevos Ministerios” (plaza de San Juan de la Cruz).
El Olivar, con unos 250 metros (un cuarto de kilómetro) de E-O, llegó a tener, hasta los 1980, la misma profundidad de S-N, y contiene unos cien olivos centenarios. Castillejo repartió y vendió trozos del Olivar a sus amigos y aquí se estableció una pequeña colonia de intelectuales amantes del campo castellano, cuya singular belleza en aquellos años sólo valoraban unos pocos. Ramón Menéndez Pidal , el gran filólogo, construyó su casa en la parte que daba al camino llamado “Cuesta del Zarzal” (hoy calles de Condes del Val y de Menéndez Pidal) y allí acomodó su famoso Archivo del Romancero Pan-hispánico, en cuya constitución venían colaborando investigadores de los cinco continentes, y también su biblioteca. Ignacio Bolívar , director del Museo Nacional de Ciencias Naturales y autoridad internacional en la clasificación de ortópteros, a quien acudían especialistas de todo el mundo, construyó dos casa en la parte S. del Olivar. Lindando con éste, Luis Lozano Rey*, el catedrático de ictiología y piscicultura, construyó la suya; y de él adquirió Dámaso Alonso una parcela, donde edificó más tarde asimismo su casa, con una importante biblioteca. Cuando Mariana, hermana de José Castillejo, y su marido, el médico Juan López Suárez , gran mecenas del progreso de Galicia, construyeron otra casa en el Olivar, a mediados de los 1920, Menéndez Pidal rodeó la suya de un muro; pero el camino de entrada sigue siendo común a la comunidad, como indica una puertecita que da al solar de Menéndez Pidal. Entre los terrenos de Bolívar y Castillejo no había valla, salvo una alambrada y paso libre, y lo mismo entre los de Castillejo y Dámaso Alonso.
Este pequeño grupo de pensadores ubicado en el Olivar fue principal artífice del profundo cambio en la vida cultural de España ocurrido en el primer tercio del siglo XX; sin duda la mayor transformación cultural que ha presenciado este país. José Castillejo, como Secretario y gestor, Menéndez Pidal como humanista, Director del Centro de Estudios Históricos y Vicepresidente, e Ignacio Bolívar como científico y sucesor de Ramón y Cajal en la Presidencia de la Junta para Ampliación de Estudios, fueron las cabezas pensantes y organizadoras de la Junta, cuya principal meta fue desarrollar los ideales de la Institución Libre de Enseñanza y elevar España a un nivel internacional en el campo de la cultura, la economía y la estructura de su sociedad. Desde que fueron a vivir juntos en el Olivar, estos organizadores podían acordar muchos asuntos de palabra, pasando de una casa a otra, sin necesidad de papeleo.
Con los fondos que recibía del Estado, la Junta para Ampliación de Estudios mantuvo durante décadas la política de enviar estudiantes e investigadores a los principales centros culturales de Europa y América, con lo que cientos de españoles cualificados para ello empezaron a manejar idiomas extranjeros y se relacionaron con colegas europeos, a la vez que recibían formación de los más famosos expertos en las respectivas materias.
La Junta restableció contactos culturales con Latino América –perdidos tras la independencia de esos países– y diseñó unos programas de impulsión en ella de la cultura española, logrando esparcir una imagen renovada tanto del pasado como del presente de España, especialmente en Argentina, México, Santo Domingo y Puerto Rico. El máximo esfuerzo se hizo en Buenos Aires, donde la Junta envió a Menéndez Pidal para inaugurar una “Cátedra de Cultura Española” en la Institución Cultural Española y después, de forma continua, envió a ella destacados miembros prominentes o intelectuales afines, como Ortega y Gasset, Rey Pastor, Américo Castro y otros.
La Junta hizo una labor similar dirigida a Estados Unidos, a donde viajaron Castillejo y Menéndez Pidal y donde el Centro de Estudios Históricos destacó asimismo permanentemente a algunos de sus más notables colaborares, como Solalinde (en Wisconsin), Onís (en Columbia University), junto con diversos “lectores” difusores del hispanismo.
Este trío de intelectuales –Castillejo, Menéndez Pidal y Bolívar–, conjuntamente con el presidente de la Junta, Santiago Ramón y Cajal, impulsaron la creación de La Residencia de Estudiantes (de cuyo comité directivo fue Menéndez Pidal presidente) para sacar a los jóvenes estudiantes del ambiente depresivo en que solían vivir. En ella cuajó una nueva generación de escritores y artistas (Lorca, Dalí, Buñuel) y en sus laboratorios trabajaron también Juan Negrín, Grande Covián y Severo Ochoa. Llevaba la financiación Castillejo con Alberto Jiménez Fraud. La Junta creó también La Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, que dirigió José Pijoán.
Los dos grandes centros en Madrid de la Junta dedicados a la investigación y formación de investigadores fueron el Centro de Estudios Históricos para la humanista, que dirigía Menéndez Pidal, y el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, dirigido por Ramón y Cajal. El Centro tuvo desde un principio varias secciones, llevadas por Menéndez Pidal (Filología), Gómez-Moreno y Elías Tormo (Arte y Arqueología), Ortega y Gasset (Filosofía), Altamira e Hinojosa (Historia), etc., y luego fue aumentando secciones progresivamente (Estudios árabes, Estudios clásicos). La Junta inició además estudios económicos y sociales por todo el país y puso en marcha una publicación metódica de libros de investigación y difusión cultural.
Ya en 1929, el Instituto abarcaba el Laboratorio de Física (bajo Blas Cabrera); el Laboratorio de Mineralogía y Geología, Zoología y Botánica en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (bajo Bolívar); la Comisión de Investigaciones paleontológicas y prehistóricas (bajo Hernández Pacheco); el Laboratorio de Investigaciones biológicas o “Ramón y Cajal” (bajo Ramón y Cajal); el Laboratorio de Fisiología cerebral (bajo Rodríguez Lafora); el Laboratorio de Histología Normal y Patológica (bajo Río Hortega); el Laboratorio de Química orgánica y Biológica (bajo Carracido y después Casares Gil y A. Madinaveitia); el Laboratorio Seminario Matemático (bajo Rey Pastor). Del Instituto dependían el Museo de Ciencias Naturales, el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico y el Museo de Antropología. La Junta también organizó Estudios de Galicia y La cátedra de Ramón y Cajal, conjuntamente con Buenos Aires.
La resonancia internacional del Centro de Estudios Históricos y del Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales despertaron en Estados Unidos el interés de los mecenas de la investigación que tenían de ella una visión global. En ese año de 1929, A. M. Huntington viajó desde Nueva York a Madrid para entrevistarse con Menéndez Pidal y, tras estudiar los proyectos del Centro, entregarle una notable donación de la “Hispanic Society” para impulsar la realización de Epopeya y Romancero. Estudios y Textos y del Atlas lingüístico de la Península Ibérica. Ya en 1925, Trowbridge, en representación del “International Educational Board”, había viajado asimismo a Madrid para apoyar el Laboratorio de Investigaciones Físicas dirigido por Blas Cabrera y, tras largas negociaciones, la “Fundación Rockefeller” financió en los años 30 un Instituto Nacional de Física y Química para que trabajaran Moles (Química-Física y Mineralogía), Catalán (Espectrografía), Palacios (Rayos X y Termodinámica) y Madinaveitia (Química Orgánica), con Cabrera como Director. Miguel Catalán, yerno de Menéndez Pidal, internacionalmente conocido desde muy joven por su descubrimiento de los “multipletes”, era otro de los investigadores residentes en el “Olivar de Chamartín”, y fue comisionado para estudiar los laboratorios de los principales centros de investigación europeos y después encargado de vigilar la construcción. Manuel Sánchez Arcas y Luis Lacasa proyectaron el edificio, que aún hoy se halla en la famosa “Colina de los Chopos”, cerca de la Residencia, llamado comúnmente “el Rockefeller”.
Desde el Olivar también emanaron importantes experimentos en educación. La Junta creó el Instituto-Escuela en 1918 que desplazó a la Institución Libre de Enseñanza como principal centro de los ideales de ésta e hizo posible que los principios educativos propugnados por los institutionistas se introdujeran en la enseñanza pública (según el propio nombre “instituto-escuela” quiso hacer ver). Allí se formaban simultáneamente no sólo las sucesivas generaciones de alumnos (desde párvulos hasta el final de la enseñanza secundaria), sino los “aspirantes al magisterio secundario”, “interinos” con vocación de catedráticos, bajo la guía de exigentes directores de estudios. Ramón Menéndez Pidal presidió entre 1928 y 1933 su patronato, del que formaban parte Ignacio Bolívar, Julio Rey Pastor y María de Maeztu , así como María Goyri , la mujer de Menéndez Pidal, quien diseñó el método de enseñanza de la lengua y la literatura en el Bachillerato y coordinaba su enseñanza elemental. Castillejo vigilaba las reuniones del Instituto-Escuela, pero prefirió poner en marcha otro proyecto pedagógico, La Escuela Internacional, ubicada donde hoy está la plaza de Argentina, y donde sus cuatro hijos, de madre inglesa, desde los cuatro años de edad aprendían cuatro idiomas a la vez. Esta escuela atrajo a hijos de amigos, entre otros Andrés Segovia, y contaban con profesores que eran intelectuales y poetas, como José Antonio Muñoz Rojas .
Hasta la guerra civil la vida en el Olivar fue como la de una granja alejada de la ciudad (Madrid continuaba acabando en “el Hipódromo”, hoy Nuevos Ministerios) y los niños bajaban a ayudar a trillar donde hoy se encuentra la plaza de Cuzco. Castillejo y Menéndez Pidal recogían miel de sus colmenas y en casa de Castillejo se hacía jabón en el jardín y se comía de la huerta y los frutales. Un gran albaricoquero, nacido de un hueso arrojado por Jimena Menéndez Pidal , decoraba ya la entrada de la casa de los matrimonios Menéndez Pidal y Catalán. El palomar regalado a Castillejo por Ortega y Gasset tuvo sus palomas; hubo corral y huevos de casa.
Pero a esa “granja”, a las casas de Castillejo, Bolívar y Menéndez Pidal, llegaban visitas importantes, igual que a la Residencia de Estudiantes, donde se invitaba a Mme. Curie , Einstein, Lord Keynes. Algunos de esos visitantes ilustres gustaban de pasear por el Olivar; H. G. Wells se durmió una siesta bajo uno de los olivos. Castillejo también invitaba a comer a candidatos a profesor, porque si tenían malos modales en la mesa no servían para educar a niños.
La lejanía del Olivar respecto a la ciudad, pues sólo le unía a ella un tranvía amarillo, en cuyas plataformas se podía a menudo ver a Menéndez Pidal o a BolívarCastillejo prefería la bicicleta–, tampoco impedía que en él se oyera la voz de la nueva poesía, aún antes de que Dámaso Alonso se viniera a él. Cuando, en 1925, Alberti, después de obtener el Premio de Literatura por su libro Marinero en tierra, acudió al Olivar para agradecer a Menéndez Pidal el galardón, dio en él una lectura de algunos poemas de “el marinerito” y en esa ocasión vino a conocer a María Teresa León, sobrina de María Goyri, su futura mujer. Más tarde, en los años 30, Alberti, entusiasmado con el guirigay de la poesía tradicional, que Menéndez Pidal coleccionaba entre los materiales de su Romancero, compuso La pájara pinta que, gracias a la afición escénica y pedagógica de Jimena Menéndez Pidal, montaron ambos teatralmente en el Instituto-Escuela.
En los años 30 Menéndez Pidal se interesó también por las posibilidades que abrían a la documentación las técnicas de grabación de sonido y cinematográficas. Creó con Navarro Tomás y Torner, y la colaboración técnica de Columbia University, el “Archivo de la Palabra” y, en la patria chica de Navarro Tomás, en la Mancha, con los fondos recibidos de la “Hispanic Society”, Arturo Ruiz Castillo hizo un impresionante documental “mudo” (que hoy atesora la Filmoteca Nacional) sobre “La recogida del azafrán”, que merecería ser recuperado, con adición de un buen sonido, por Radio Televisión Española.
Desde el Olivar se vieron un día los fuegos artificiales que anunciaban el inicio de la Segunda República; muchos intelectuales se volcaron hacia la política y entraron en el gobierno. Cándido Bolívar fue secretario de la Presidencia bajo Azaña. Llegaba al Olivar el Ministro de Educación, en coche protegido con guardias, para consultar con Castillejo. Pero otros siguieron dando preferencia al trabajo científico retirado, que lentamente labra la conciencia de un pueblo elevando su cultura.
Aquel centenar de españoles que durante 30 años –con la Monarquía constitucional, con el Directorio y la Dictadura, con la República– trabajaron incesantemente en esa gigantesca tarea de colocar a España a la altura de los estados modernos avanzados, fueron demagógicamente tildados por los mediocres y resentidos de derecha e izquierda, de “aristócratas”; y sólo hoy, con la distancia del tiempo, ha podido el conjunto de la sociedad española, en su diversidad política, comprender y admirar el propósito de tales “aristócratas” de enderezar lo torcido y llevar la creación, la investigación y la enseñanza por las vías mejores para el avance de todos y de todo. Pero los demagogos hicieron su obra, como pudo verse al estallar la Guerra Civil, cuando las instituciones creadas por la Junta fueron deshechas.

Notas
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Luis Lozano Rey: Doctor en Ciencias Naturales.Catedrático de Vertebrados de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid.- Jefe de la Sección de Vertebrados del Museo Nacional de Ciencias Naturales.- Asesor técnico de la Dirección General de Pesca.- Profesor agregado del Instituto Español de Oceanografía.- Colaborador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.- Académico de la Real Academia de Ciencia Exactas, Físicas y Naturales. Autor de importantes publicaciones sobre ictiología, cuatro de ellas premiadas por la Academia.
Nació en Madrid, el 11 de julio de 1879. Electo el 6 de febrero de 1952.Falleció en 1958.

Continúa en HISTORIA DEL OLIVAR DE CHAMARTÍN II