
España tiene una ciudadanía, alienada y esquizoide, cuyo índice de valores, intereses y prioridades no coincide con su interés, ni con su atención, ni con sus problemas reales. La dicotomía se trasluce en el consumo de antidepresivos, anecdotarios y cotilleos, cursos de autoestima, libros de autoayuda, creencias irracionales, paroxismos doctrinarios, y un exhaustivo idiotismo a la hora de asumir cualquier tarea que requiera esfuerzo, inteligencia, criterio, y discernimiento.
Los sucesivos gobiernos han contado con esta amalgama de pasividad y estulticia para malversar, esquilmar y saquear las arcas del Estado.
De vez en cuando, crean un chivo expiatorio, como Luis Roldán, no por haber robado más, sino por haberlo hecho por libre, sin pagar aranceles a la mafia que administra los caudales del Estado, pertrechada del amparo de un sistema judicial que tarda diecisiete años en juzgar a Aida &Aacut
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